miércoles, 28 de noviembre de 2012

La Cruz de Hierro

   Soy un pésimo escritor, al menos éso es lo que infiere mi buen amigo Eterdeo, cuando comprueba con desmesurado desagrado la falta de seguimiento en el relato-cuento-novela corta "La vida tiene botones, botones tiene la vida". Que por cierto, aprovecho para recalcar en su título un pequeño homenaje sin la menor intención de homenaje (plagio di plagio), a la terriblemente sádica canción que trata sin escrúpulos acerca de la pobre vida de un hombre cuya máxima para diferir sus cosas de las ajenas, se basa en el recuento de características comunes que las primeras deberán tener para considerarse "propias". Ya saben, un silogismo: "mis calzones sucios tienen 3(tres) manchas de origen incierto, 3(tres) manchas de origen incierto tienen mis calzones sucios. Si no tuvieran 3(tres) manchas de origen incierto, pues no serían mis calzones sucios ". Ahora que lo pienso, es increíble que la profesora Loforte no nos haya dado un ejemplo tan clásico, común y conocido a la hora de demostrar la teoría del silogismo. No, estoy seguro que las vacas y las abuelas estarían eternamente agradecidas.
   Además de pésimo escritor, soy pésimo en control mental. El mío por supuesto. Nótese el caos que acontece en el párrafo anterior. La primera oración amaga con el comienzo del tópico a tratar; nos muestra una introducción de ésas que nada tienen que ver con lo que siga a continuación. Como en las películas, cuando un personaje se siente abatido por la muerte de alguien cercano, entonces aparece en escena un segundo personaje en plan consolador. Ambos se conocen recíproca y amistosamente. Uno de ellos tiene su mundo hecho una lluvia de cristales asesinos, el otro se encuentra perfectamente bien, sin embargo se siente algo afectado por la aflicción que su compañero padece. Lo más lógico es que preste su apoyo moral y psicológico en momentos tan necesitados, pero lo verdaderamente inquietante es la interrogativa ante el plan que se empleará en la epopeya que sugiere atravesar el muro de roca hirviendo que ha edificado la profunda depresión del primer sujeto. A continuación se ofrecen diferentes opciones con las que se tratará de encarar con éxito tamaña empresa:
   

   A) Silencio. Se enfrentan visualmente. No hay rivalidades entre ellos, aun así, un odio enceguecido recae en los ojos del sufrido. El segundo sabe que el tema es muy delicado para hablar. A pesar de todo, lo encara con vil vehemencia: "¡Demonios Harris! ¡Ella está muerta! ¡No hay nada que puedas ya hacer!"

   Probabilidades de éxito: nulas. Incluso es posible que se produzcan pequeños altercados que deriven de violencia verbal hasta golpes de puño.

   B)
Silencio. Se enfrentan visualmente. No hay rivalidades entre ellos, aun así, un odio enceguecido recae en los ojos del sufrido. El segundo sabe que el tema es muy delicado para hablar. A pesar de todo, lo encara con cautela y suavidad: "Fue una buena mujer, Harris. Es una maldita tragedia, pero con la fuerza justa, podrás salir de ésta. Lo sé. En el fondo de mi corazón, lo siento con intensidad." 

   Probabilidades de éxito: intermedias. Muchos dirían que es la opción más razonable... pero adivinen qué, una persona no razona en ese estado. Por lo que es probable que rompa en desconsolado llanto o por qué no también, en pequeñas disfuncionalidades mentales. Por otro lado, con suerte logre secar alguna que otra lágrima, con suerte.

   C) Silencio. Se enfrentan visualmente. No hay rivalidades entre ellos, aun así, un odio enceguecido recae en los ojos del sufrido. El segundo sabe que el tema es muy delicado para hablar. A pesar de todo, le cuenta una tierna historia de patitos que no tiene una puta mierda que ver con el terrible momento que el primer personaje está viviendo: "... los demás patitos no lo querían, pero el jamás se rindió, jamás. Hasta el día de hoy, guardo su recuerdo en un frasco de vidrio, bien profundo en mi corazón". 

   Probabilidades de éxito: jodidamente altas. Hay tantas formas de explicar porque este método es tan infalible, así que sólo me voy a limitar a uno solo, que creo sinceramente, tiene mayor peso si tenemos en cuenta lo mierda que el ser humano puede llegar a ser (y es): "¿Con qué pasando un momento emocionalmente horrible? Bueno, ahora te voy a contar una historia todavía más horrible que la tuya. Mil veces peor y desoladora. Tus ojos van a estar como un par de huevos fritos, y vas a sentir en tu pecho un equivalente a arcadas con el simple fin de llorar mares de sal acuosa". Ojo, parece de lo peor, pero tiene un fin noble. Éste es desviar la atención del primer sujeto, olvidarse del por que de su primer padencia, para enfocarse de lleno (en este caso) en la historia del desdichado patito feo y su lamentable familia racista.
   Y si por alguna de esas "casualidades" de la vida, la opción "C" no surte efecto, es altamente recomendable poner el coche de la vida en reversa y probar suerte con la opción "B" y "A", respectivamente. Sólo traten de imaginarlo: comienzan con la tierna y triste historia de los patitos racistas; al ver que no pueden desviar la atención de la persona a socorrer, continúan con las palabras de consolación directa; si no han podido todavía ablandar aunque sea un poco el corazón de esa trémula alma, concluyen con el sadismo hecho palabras de entera violencia. Éso debería bastar para derrumbar el más inexpugnable de los muros invisibles. Y no, no hay plan D (salvo que ostenten el poder sobrenatural de regresar gente muerta a la vida misma).
 


   Oh, oh. Lo he hecho de nuevo. El ejemplo demostrativo se me ha ido de las manos y ha tomado vida propia. En pleno desvarío me interné en un camino sinuoso, forrado de palabras y muecas raras; he de volver, urgente.
   

   Bien, es definitivo. No más prólogos, no más introducciones, no más explicaciones. Sólo quiero contar lo que desde un principio quise contar, pero que no pude por cuestiones meramente estéticas. No sé che, digo, es algo medio feo ir directo al grano en asuntos que abarquen el campo de la literatura. Eso explicaría perfectamente la existencia de libros de 600 páginas cuyas ideas pueden simplemente contarse en 100. Lo demás son reformulaciones, ejemplos y relleno con lindos adjetivos. Pero vamos que quedaría como un frío resumen de laboratorio. Es imperativo dejar vida en lo que escribimos, si lo que pretendemos es llenar a la gente que nos lea. Por otro lado, si no pretendemos en absoluto llenar a la gente que se tome la molestia en leernos pacientemente, bueno, entonces las cosas se tornarían en algo mucho más llano y carente de rostro. Permítaseme entonces aclarar mi humilde punto de vista en cuanto a la relación "escritor-lector": es una simbiosis. Por ejemplo, uno no llega a comprender a un alma atormentada si no ha llorado junto a ella, así como tampoco uno llega a comprender los chistes de un cómico si no ha reído por ellos (ya sea porque son malos o no tienen razón de existir, entre otras). Estoy seguro que Edgar Allan Poe habría hallado la paz interior si tan sólo hubiera conocido 1(una) persona que lo comprendiera completamente. No, no quiero decir que yo lo entiendo; no, no quiero decir que yo, Nor Malidad, podría haberlo salvado de su desdicha... pero habría estado bueno, jeje.
   Creo que la única persona que odio en este mundo, es yo. Una vez más he faltado a mi propia palabra, a promesas que he pactado conmigo mismo. Escribo, escribo, y se siente tan bien que no puedo parar. Ni siquiera para aplastar el mosquito que se ha posado en mi pierna derecha, el cual ahora mismo se está saciando con la sangre que no para de succionar con increíble placer infernal. Me gusta hacerles creer que tienen todo bajo su control, dejándolos ir volando regordetes de sangre por ahí, para luego perseguirlos sigilosamente y estallarlos en cualquier pared donde se posen a descansar después de haber disfrutado de un sangriento manjar, o incluso en mis propias manos sedientas de venganza.
   Pobres insectos. Pienso que son de los más incomprendidos en el planeta Tierra. Ellos sólo nos están haciendo un placeroso favor al dejarnos lugares en la piel para rascar y disfrutar con los ojitos entrecerrados. A cambio, nos piden un solo mísero trago de sangre. ¡Pero no! El humano es increíble. Exageradamente posesivo y celoso, quiere todo para él: "¡¿Con qué te vas a revolear la bombacha por ahí, con todo lo que pasamos juntos?! ¡¡¡Puta de mierda!!! *CHAS*". Ahora bien, lo que sí puede resultar realmente molesto es cuando te agarra una partuza de chupasangres insaciables que pican en pequeñas y descontroladas incursiones que terminan por volver loco a uno. Lo que puede traducirse como extensas tardes de intensos aplausos a un espectáculo que nunca existió.



   ¡BASTA!
(me voy, junto a la puerta...)
   
   Finalmente, la historia, que más bien podría catalogarse bajo el apropiado título de anécdota, es la siguiente (redoble de tambores).

   Ocurrió ayer a la mañana, de camino a mi colegio.
   Viajo en trolebus, ya saben, ese transporte que se desconecta súbitamente a cada rato de su fuente de alimentación y que me ha costado más de una frenética corrida hasta las instituciones escolares. Estaba llegando a la parada del trole cuando veo a la distancia, en ese preciso lugar, una mujer que habrá tenido mi edad, además de otras tres o cuatro personas cuya relevancia a la trama es escasa por no decir inexistente. En esos momentos ni el viento que soplaba gentilmente, ni el ruido de los autos al pasar importaba más que esa mujer y mi visión ininterrumpida. El MUNDO era ella y yo, aun cuando ella ni lo sospechaba.
   NOTA: quiero claramente diferenciar esta anécdota con el relato "La mujer de los guantes rojos", porque aunque la temática sea a simple vista la misma, se diferencia en el modo de expresarlo y en el grado de ficcionalidad o realismo. Sin embargo, si insisten, que sé yo... a lo mejor la mina de la que voy a hablar es la hija de la mujer de los guantes rojos *giro dramático e inesperado de eventos*.

   Por supuesto una vez que la distancia prudencial para sostener la mirada se estrechó al punto mismo de la obsesión descarada, me hice bien el pelotudo y como si nada hubiera estado revoloteando en mi barriga, fui directo a la pared más cercana a apoyar mi todavía algo somnoliento cuerpo.
   La posición que había adoptado no podía ser más que perfecta. No sólo tenía al alcance de mi vista de 180º la espalda de la mujer que me cautivó, sino también al resto de las personas que se encontraban esperando el pronto arribo del trolebus o del colectivo (pasa también el E7 por la misma parada). Ésto no sólo me permitía estudiar con infinita voluntad el cuerpo de aquella mujer, sino también tener bajo absoluto control cualquier indicio de sospecha que pudiera estarse germinando en las chismosas miradas que la gente guardara a mis ojos y lo que éstos estuvieran observando con escandaloso anhelo. Es decir, 0(cero) grado de incomodidad. Pero espero no se me haya tomado como un degenerado, yo no veo a la gente directo a sus glúteos y nada más. No, a mí me gusta observar hasta el color de la cera en la oreja y que tan espesa sea ésta. Veo todo con los ojos de un niño curioso, y con los pensamientos de un tortolito idiotizado por las incesantes reacciones químicas que mi cerebro experimenta y que mi estómago siente en forma de cosquillas internas. Lo que pasa es que la gente tiende a pensar lo peor cuando se la está mirando, o cuando ven que alguien mira a alguien más. Sí, ya sé, ¡e' una cosa de loco'!

   No he contado aún la causa de tal atracción, de tal pérfido enamoramiento pasajero. Quizá haya sido la suavidad en su piel que no sentí pero que con la vista uno podía percibir que se trataba de una contextura suave y uniforme como la seda. Sus ojos, tal vez, que guardaban las más sinceras muestras de cariño intenso; no me atreví a verlos demasiado, temía ser atrapado para siempre en un remolino de mares oscuros y ciudades de piedra. Es posible, que su corte de cabello (corto hasta las orejas), así también como su negro color hayan sido el detonante de las más absurdas comparaciones, las cuales no dejaron atrás los locos fanatismos. Pero sobre todas las cosas, creo que fue el color dulce de leche de su piel, su Confiture de lait, y la simplicidad en sus prendas. Unas telas que combinaban con todo su ser, inclusive con su probable personalidad, la que claramente no conocí ni conoceré porque ni el tono de su voz me quedó.
   Es la clase de mujer que acostumbro a poner en un pedestal al tiempo que danzo alrededor de ella mientras le arrojo incontables flores que voy sacando de un canasto de mimbre sin fin. Es una diosa, y cualquier mortal que ose probarla en cuerpo y alma, se gana automáticamente mis más humildes respetos y admiraciones. Yo no soy un mortal, mucho menos un inmortal, yo soy un demortal. Soy el chiste que salió mal, la voz que desafinó frente a todo un público, el primer desamor de la vida (y el último), la encía que se infectó y sangró. Soy el desperdicio de esta vida. El dejemplo donde los demás se comparan y salen ganando de las más fieras depresiones. Soy todo lo que no se debe hacer, pero me sigo cagando de la risa. Porque soy así, soy el dejemplo que la demortalidad envió al mundo mortal para que la gente común aspire a ser como la chica de la parada. Para que aprendan y reconsideren no ser un pobre diablo más.
   Me pregunto su nombre. Algo me dice que empieza con M, pero no tengo nada que lo respalde. Lo olvido rápidamente y me contento con seguir mirando. Sus modernas y sucias zapatillas de una marca que sé, es conocida, pero que no logro recordar su nombre. Sus grises y simples yogins para ¿hacer educación física? Es probable, pero también cabe la posibilidad que los esté usando por simple comodidad, y con el húmedo día que nos azota, es bastante factible. Ahora estoy viendo sus ligeras y finas telas de color negro como la noche. Parecen bailar un lento por cada brisa de aire semi-fresco que pasa a acariciarlas. Su mochila es lo de menos, pero incluso así, es parte elemental de su atuendo. Al igual que la pintura que recubre sus párpados, si mal no recuerdo, un verde esmeralda en tonos algo oscuros. ¡Su piel no deja de impresionarme! Es un acabado bellísimo el que recubre sus huesos, sus extremidades. Unos guantes de piel que claman un calor inadecuado. Desvío la mirada, tan sólo por un par de segundos.
   La devuelvo con extenuado reparo. Quiero verla un poco más en detalle. Quisiera ser invisible para pararme frente a ella y mirar a su rostro por horas y horas. Lo cierto es que se encuentra de espaldas, mirando hacia la lejanía, aguardando la llegada del colectivo para irse lejos de todo lo que conozco.
   En mi sofocada desesperación intento imaginar su rostro en tiempo real, en base a recuerdos que databan de escasos minutos. 
Mis ojos me llevan por donde quieren. Sus muñecas, o más bien lo que allí se encuentra sujetado, llaman poderosamente mi atención. Posee toda clase de pequeños artilugios de metal, o quizá eran simples figuras metálicas, como pins, no estoy seguro. Están prendidos a un pequeño brazalete de cuero sintético negro, ubicado en su brazo derecho. Al principio provoca en mí un sentimiento semejante a la curiosidad estética, que con el tiempo desaparece por completo al notar a cierto símbolo de metal muy parecido a la Cruz de Hierro prusiana. Mi perplejidad no puede ser mayor. Tanto es así que quedo totalmente paralizado, pensando y dando rienda suelta a un caótico resumen que abarca desde la Guerra franco-prusiana, pasando por la Primera Guerra Mundial y finalizando con la Segunda de homónimo nombre.
   ¿Qué carajo? 

   ¿Por qué razón en el Universo tiene esta mujer una Cruz de Hierro? ¿Qué diantres motivó su adquisición? No fue por valentía claramente. Tampoco creo que se deba a méritos de liderazgo en tiempos de extrema violencia beligerante. En serio, ¿acaso pensó que quedaría terriblemente cool prenderse una condecoración militar de más de una centuria de antigüedad? ¿Qué sería la envidia de sus amistades, conocidos y particulares a su alrededor?

   — ¡Oh, caray! Tienes una Cruz de Hierro en tu brazalete de cuero sintético negro.
— Lo sé. ¡¿No es genial?!
— Seeeeeee.



   Cuando creo que el mundo no puede ser más vomitivo y estúpido, giros como éste me revuelven las tripas, estrujando y asesinando a toda aquella mariposa que antaño volaba y cosquilleaba alegre dentro de mi barriga. Por supuesto que las mariposas no existen, no es más que otra mala y cursi explicación tratando de embellecer lo que es perfectamente entendible mediante un medio práctico. En serio, no hay necesidad de pelotudizar todo lo que el humano siente o hace con su vida, pero parece que el mundo se iría todavía más al traste si así no lo fuera. A lo mejor gracias a todas estas boludeces, muchas guerras se han evitado, y es que a diferencia de un mundo alegre y tontito, en un mundo más frío y corporativo las disputas destructivas a gran escala serían moneda corriente.
   Generalmente me habría dado media vuelta y me hubiera ido, pero el colegio requería de mi presencia, o más bien yo requería la presencia de éste último, pero trasladar los cimientos de un edificio es mucho trabajo por lo que decidí esperar el trolebus para que me llevara hasta su ubicación, algo alejado de mi casa.
   Durante el viaje, la humedad era insoportablemente fastidiosa. Sin embargo, no logró despabilar o incluso aguar mis risas internas frente al todo de la situación. Hasta el día de hoy no sé exactamente de que me reía, si por mi exagerada tendencia a enamorarme de cada mujer que veo para luego toparme con barricadas que harían retroceder al más osado de los osados, si por la estupidez de ponerse de pin una medalla originalmente prusiana, o quizá también por la simple razón de ponerme de esta forma por una simple cuestión de gustos. ¿Y qué si le gusta ponerse de pin una Cruz de Hierro alemana? ¿Hay algún problema, hijo de puta? Hay veces que puedo ser realmente insufrible, pero otras simplemente paso completamente desapercibido como la persona más incomprendida del planeta, incluso por mí mismo. Y si lo pienso con mayor tranquilidad, no puedo entender el porque de mi actitud, de mi postura frente al extravagante gusto de esta desconocida mujer. Es un mundo libre, cada uno hace lo que quiere, ¿no? No veo que esa medalla esté ofendiendo a alguien, ¿o vos sí? Todavía no ha asesinado a alguien, mucho menos cometido algún que otro genocidio étnico. Entonces, ¿cuál es el puñetero problema? Absolutamente ninguno. Eso sí, que no se me diga nada si me recago de la risa, después de todo, es un mundo libre, ¿no?





¿A qué se debe esta medalla?
— Defendí una posición durante hora y media con tan sólo un cargador.
— ¡Bravo! A ver, tú, el tuerto. ¿Por qué te la ganaste?
— Mi caso es todavía más extraordinario: al quedarme sin municiones, me extirpé el ojo izquierdo y golpeé enemigos a mansalva con él, hasta que el apoyo aéreo llegó para salvar la Compañía entera de su total aniquilación.
— ¡Impresionante! ¡Un verdadero héroe de armas! ¿Qué tal tú, el amputado?
— Le advierto que mi historia puede ser un poco escabrosa.
— Continúa, por favor. Quiero escuchar tus memorables hazañas de valentía.
— De acuerdo. Mi mérito constó en la marcha casi apostólica de 300.000 hombres que confiaron sus vidas en mi persona para poder cruzar el Rin, salvos y sanos. Una partida de exploradores podría haber delatado nuestra posición a los bombarderos enemigos, pero mediante un cebo los capturé antes que pudieran escapar.
— ¿Un cebo? ¿Cómo?
— Sí, un cebo propio. Tomé la decisión de cercenarme la pierna. Al no disponer de elementos cortantes a mano para tal tarea, me valí de mis propios dientes para lograrlo.
— ¡Dios mío! ¿Y qué hiciste luego, buen hombre?
— Deposité mi miembro mutilado en un punto del bosque visible para los exploradores. Éstos, extrañados, se acercaron para examinar tal sangrienta muestra de restos humanos. Y una vez de llenos en la trampa, me los comí del hambre que tenía. Fue así como pudimos escapar hacia Alemania, vivitos, coleando y... ejem... cojeando.
— ¡¡¡Verdaderamente audaz e impactante!!! Sin duda alguna eres más que merecedor de la medalla que reposa en tu pecho. A ver, tú, la mujer, ¿cuál es tu historia?
— ¿Uhmm?
— Ehh, tu historia. ¡¿Qué has hecho para poseer tal baluarte digno de las mayores proezas de valentía y camaradería?!
— ¿Yo? Ahh, nada. Creo que se lo saqué de la mesa de luz a mi abuelo.
— ¡Éso es inaudito! ¡¿Por qué habrías de cometer tal fechoría?!
— Pues, no sé, jaja. ¿Verdad que me queda re bien?


*A Adolfito le explota la cabeza debido al exceso de incongruencia. Al día siguiente, Alemania capitula. La Segunda Guerra Mundial llega a su fin, aproximadamente 5 meses antes de lo que se pronosticaba en los apuntes de historia.*

Moraleja: la estupidez es necesaria para equilibrar tanta maldad en este mundo.

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