Lloviznaba. Allí estaba yo, una vez más, como pasajero de un trolebus sumido en pequeños charcos que se habían formado a partir del agua de viajeros anteriores a mi arribo. En días de lluvias tan ligeras, uno pensaría que la humedad provocaría gran zozobra entre la gente tan correctamente producida, y por esa misma razón, yo me encontraba algo divertido observando discretamente a esa misma gente.
Los hombres, siempre reacios e inmóviles, no dejaban entrever ninguna señal de molestia, o al menos no de molestia directamente relacionada con la que yo buscaba. Sus desproporcionadas caras de culo bien podían confundirse con molestia, enojo, tristeza, serenidad, gracia o simplemente su cara natural las 24 horas del día (o sea nada).
Esto no es 2007, pensé, y dejé de buscar en los hombres lo que fácilmente encontraría en las mujeres. Ellas sí que se preocupan por su pelo. Yo soy de pensar que la belleza física de una mujer se encuentra un 40% en su pelo (será por eso que las que tienen pelo corto, exótico o todo lo que no sea un lacio perfecto y aburrido, me vuelven esclavo ocular). Los ojos también se quedan con un gran porcentaje, pero ellos en realidad juegan a dos bandas en mi opinión. Si uno mira detenidamente los ojos de la gente, puede ver más allá de la hermosura del iris, para internarse de lleno en
esa persona. Es por eso que con los ojos, uno obtiene tanto belleza física como interior. Es la parte más importante del rostro humano, y aun así, hay gente que insiste en usar lentes de Sol incluso cuando ya no existe tal Sol. Lo mismo es al pedo lo que digo, no me sirve; no puedo mantener la vista en la gente, mucho menos en sus relucientes ojos que parecen quemarme con la mirada. Conozco una o dos personas que son muy conscientes del poder que guardan los ojos, y creo que por esa razón les encanta usarlos para andar prendiendo fuegos en los hielos más efímeros.
Por supuesto, las cuantiosas caras de traste que mi mirada encontró desperdigadas a mi alrededor, tenían su origen en la desastrosa labor que la humedad había provocado en sus planchados cabellos. Qué irónica situación viven las personas de pelo lacio en busca de pelo ondulado, y viceversa. Pienso que son niños al querer siempre lo que no tienen, teniendo en cuenta que alguien en otro lugar, quiere lo que los primeros odian. Y esto no sólo pasa con el pelo, sino con todo en general. ¿Han visto el típico complejo que presenta el tipo rico que se garcha a cuanta mujer quiere, pero cuando se encuentra solo en su exuberante mansión, le asaltan sentimientos de culpa, tristeza y
soledad? Amor, dinero, salud y suerte. Mucha gente resume en eso los elementos necesarios para conformar la vida perfecta. ¿Al millonario le faltaría amor, no? ¿Suficiente razón como para pensar en el suicidio, no?
Trato de no desviarme de tema, no obstante, lo continúo haciendo de manera implacable. Es uno de mis grandes defectos al momento de reflexionar sobre ciertas cosas. Me pierdo en los mares de cabellos que viajan en el tiempo, en siluetas difusas en el horizonte oscilante, cuando el origen de todo había sido el recuerdo de la charla que tuve con un amigo hace ya tiempo atrás. ¿Por qué? ¿Por qué esa necesidad imperante e inflexible de sumirme tempestuoso en la calamidad que presupone la falta de atención, de determinación, inclusive con mi propia mente? Vago sin sentido, y cualquier viento, cualquier brisa, sirve para llevarme lejos de donde se suponía no debería alejarme mucho. Soy como papel en un torbellino inherente. Imposible cambiar, mas podría aceptar con cierto pesar, que la gracia inundará mi vida gracias a la confusión donde vivo.
Las ocasiones donde ningún viento sopla, y nigún torbellino acecha, son tildadas de utópicas. Y es que algo debe captarme la atención muy profundamente para no terminar por perderme en nimiedades. "Estaba perdido en tus ojos", es la frase piropal más pelotuda de todas;
¿como podés hablar de estar perdido cuando tenés semejante belleza palpable ante vos? Y el careta la trata de arreglar alegando que "estaba perdido en tus ojos", para zafar de situaciones tan recurrentes como "¿escuchaste lo qué estaba diciendo?". Nunca te distraerías ante semejante muestra de lo bella y sabia que es la naturaleza. Uhmmm... las mujeres. Verán, yo de chico pensaba que lo más bello del mundo eran los paisajes verdes. De grande generalmente lo sigo pensando, sin embargo, creo que no hay comparación con la belleza que
ellas irradian. Por lo que mi podio personal estaría conformado de esta manera: 1º La mujer, 2º Los paisajes verdes, 3º Las Nebulosas.
Diosas, paraísos y polvos estelares.
Hubo una cara que me llamó la atención por sobre cualquiera; guardaba algo inusualmente diferente, excéntrico. Una mujer de edad indescifrable y mirada gélida. Estaba sentada en el último asiento, junto a la puerta de descenso. Vestía unas cómodas zapatillas para correr, un pantalón también propicio para la ocasión, un rompevientos azul de aspecto, diría yo, algo anticuado, y un par de guantes de lana roja. Traía consigo una mochila grande turquesa con pequeños detalles o dibujos blancos. Su diseño era algo infantil, o más bien,
bastante tierno. El cabello de esta mujer me recordaba al estilo que se usaba en los años '60; las puntas no llegaban a los hombros y toda la cabeza era recubierta como un casco perfectamente enroscado por un color castaño rojizo, dejando libre sólo una mitad de la frente. No podía evitar asociar su mirada y peinado, con el trabajo rutinario de una oficinista. Pero su ropa no delataba lo mismo, y sus guantes me parecían increíblemente notorios.
En menos de un minuto mi mente pensaba en otra cosa y ya había olvidado a la mujer, aún cuando la tenía a menos de 4 pasos de mi posición. Yo me había situado en el fondo del trolebus junto a los ventanales publicitarios posteriores, apoyando mi espalda en la superficie vertical más cercana. Débilmente mis ojos captaban algo del exterior, ya que debido a las láminas publicitarias, todo se veía considerablemente borroso.
La mejor parte del viaje es la ventana, solía decirme a menudo. El único paisaje que me quedaba eran los pasajeros que viajaban conmigo, lo cual era desalentador porque no podía mirarlos más de 5 segundos sin sentir punzadas de tímidez. Soy bombardeado por miles de preguntas imaginarias que supongo se estará preguntando el que este mirando, y eso me fuerza a desviar la mirada antes que el otro siquiera se de cuenta de mi nerviosa observación. Muchas veces he sentido un deseo enérgico de estudiar a algún extraño con la mirada, pero he tenido irremediablemente que quedarme con apenas 2 segundos y unas terribles ganas insatisfechas. ¡Oh! ¡¿Cuántas veces tuve que obligarme a desistir de mirar ángeles caídos o simples mortales que por cualquier razón se convirtieron en merecedores de mi total fascinación?! Es una sensación horrible ver de reojo entre la neblina, como se alejan esas personas que me sacaron de este mundo para ponerme en constelaciones de impresionante magnitud. Saber que son extraños, que nunca volveré a verlos, y aun así, dejaron marcas que juro en vano decir que serán insuperables. ¡Pero allí están, una vez más! Dueños de mis ojos y ni siquiera lo saben,
no quiero que lo sepan.
Mi mirada la encontró igual como la última vez. Esta vez quise mirarla un poco más que de costumbre. Observé sus preciosos guantes rojos y suspiré sin darme cuenta. Alzé mi campo de visión hasta depositarlo en su blanco y nulamente maquillado rostro. La primera vez que la vi, creí instintivamente que ese color entre púrpura y rojo oscuro que cubría sus pequeños labios, se debía a algún lápiz labial, pero con un segundo detallado estudio, pude darme cuenta que era su color natural; no rosa, no rojo,
cereza. Era tremendamente seductor por, pensé maravillado, cualquier hombre devenido por colores oscuros
naturales. Rápidamente me encontré calculando la edad de aquella mujer que parecía no despegar su mirada de la puerta del trolebus, como si lo que más deseara en todo el mundo, fuera escapar de aquel atestado lugar.
Bastante peculiar, pensaba sin poder llegar todavía a una conclusión razonable. Su forma de vestir, su peinado, sus labios, la mochila que cargaba, nada tenía sentido. Aunque no sé porque en esos momentos pensé que nada tenía sentido, como si todo lo que viéramos a diario, tuviera que tener sentido justamente en el mundo del sinsentido. Sin embargo, entre tantas inquietudes que me agolpaban, hubo algo que me dejó estupefacto. Me respondí a mí mismo que la mujer debería tener más de 40 años, pero sus ojos, esos ojos únicos decían otra cosa. Eran oscuros y aún así, llenos de vida. Penetrantes y reflexivos, eran
sabios. Parecían tener las púpilas dilatadas de forma exagerada, y guardaban el aroma de la juventud en su vasta extensión. Juro que esos ojos mostraron más de lo que llegué a apreciar. Como un sueño que se olvida al despertar, desesperado me encontré mientras luchaba inútilmente por no perder esos retazos que sabía, no volvería a experimentar.
La mujer nunca desvió su vista en todo el viaje, pero yo no podía aguantar la mía más de 5 segundos, por lo que aprovechaba pequeños lapsos de tiempo para verla unos míseros momentos. En esos segundos donde evitaba mi mirada a propósito, me sentía débil e inseguro.
La curiosidad hacía mella en mi integridad. Pensaba que volver a verla, era todo lo que necesitaba para estar mejor, pero cada vez que volvía mis ojos, una profunda melancolía me inundaba. A cada minuto que pasaba, más y más me iba percatando de la extraordinaria belleza que residía en esa mujer, por lo que ser consciente del inminente fin del viaje, me ponía infantilmente triste.
Comenzé a preguntarme de donde era, a donde iba, el por qué del atuendo de sus ropas y su cabello, su vida en general, cual era el tono de su voz, su nombre, sus gustos, lo que estuviera pensando en esos instantes,
lo que estuviera viendo, cómo se sentía,
¿le gustará el frío? Sin percatarme mucho sobre la situación,
gradualmente me vi obsesionado sin saber muy bien por qué. Una de las tantas incógnitas que trataba de develar me devastó sin demasiado apremio: su nombre. Saber el nombre de una persona, es conocerla en un 50%; será por eso que casi nadie sabe que tengo segundo nombre, aún cuando está anotado en
papel azul. No saber su nombre era en este caso, algo que extrañamente me atraía. De hecho, no saber nada sobre esta mujer me cautivaba sobremanera. Concluí que
su belleza era producto de su misterio. Desconocerla por completo, tener la certeza de que nunca la había visto y que probablemente nunca la vería de nuevo en esta puta ciudad, evocaba en mí, un sentimiento nunca antes asiduo.
Mis palpitaciones crecían a ritmo acelerado y por momentos mis ojos amagaban con dejar escapar unas lágrimas inexplicables. Por momentos escucho canciones que pueden sacarme risas y lágrimas por igual, y no puedo controlarlo. Es como el amor que se siente salir apresurado de esa prisión impuesta por nosotros mismos.
Esos ojos, esa mirada tan enigmática, es esplendorosa y cautivante como ninguna. No se compara, no se asemeja, mierda, ni se imagina. Es única y es eterna, inmodificable, imposible de adulterar. Inexpugnable como la penetrante vista del águila, poderosa como el paso de gigantes de hierro. Quema a los ojos tan sólo mirarla. ¿Quién sos mujer? ¿quién sos para dejarme en este estado? ¿qué ocultás en esos ojos? ¿acaso penas qué creías olvidadas pero de algún modo volvieron a surgir amenazantes en tu bello rostro? ¿son lágrimas que nunca caerán ni se mostrarán? Una fríaldad inamovible, innaccesible para cualquier mortal. Oh, me pregunto como un niño curioso: ¿quién será aquél que te tuvo, aquél que te tiene? ¿qué hizo para poseer semejante diosa de la pasional tempestad? ¿cuál fue su épica proeza? ¿inigualable quizás? ¿Alguien siquiera ha podido probarte en carne y alma? Todo en ella me apasionaba, me sumía en una infinita locura; la más desesperada, la más imbécil.
Cuando descendía por la puerta de atrás, siempre con la misma mirada gélida, sentí algo parecido a un corazón siendo presionado por una fuerza inmensurable para luego implotar. Sentí como prolongados y extasiadores suspiros vaciaban el poco aire que cobijaban mis pulmones. Como mis ojos se humedecían de forma dolorosa y cristalina. El alma se me era arrebatada sin más, y yo no hacía más que seguirla con la mirada, totalmente impotente. Creí estar congelado en el tiempo mientras ella se internaba en la llovizna que azotaba suavemente las calles grises. Traté en vano, ya resignado, seguirla con la vista a través de esos vidrios empañados; alcancé a ver una deformada figura azul que habría confundido fácilmente de no ser por sus distintivos guantes rojos. Unos deseos impulsivos quisieron desatar en mí la más frenética de las persecuciones, pero finalmente pude mantenerlos a raya y ganar algo de consuelo diciéndome que volvería a verla. Por supuesto que mentí, pero yo no lo sabía en ese momento,
no necesitaba saberlo.
No quería saber nada sobre la mujer de los guantes rojos. Quería dejarla en absoluto misterio. Me di cuenta de lo poético que significaba permanecer al margen, como si nunca hubiera existido para ella. Nunca me miró, nunca miró a nadie.
¡Eso!, desconocerla la volvía tan atrapante, tan excitante como ir tanteando a ciegas en busca de rostros ajenos, sin saber que nos espera,
sin saber que nos atrapa para siempre. Juro ante la mirada inequívoca de mi alma, que fue la visión de millones de gotas de un rocío primaveral, en pleno invierno. Cosas que pasan los días nublados, cuando se mezcla electricidad y agua. Luces hermosas, luces hermosas, luces hermosas. No puedo sacarla de mi cabeza, no puedo dejar de pensar en su rostro, en su gélida mirada, en sus guantes rojos. Esos ojos pedían algo que nadie escuchó, que nadie prestó atención, y fui yo, su único prisionero, quien recalcitrante desoyó a su flameante llamado.
¡Oh, deidad en vida! ¿quién habrás sido? Platónica y musa de estos escritos, y ni siquiera te conozco. Te esfumaste de la Tierra y dejaste una marca que sangrará indolora, hasta el próximo advenimiento, de esos ojos taciturnos.