El Crismote desquiciado

"A half finished book is, after all, a half finished love affair"

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La vida tiene botones, botones tiene la vida - Parte I

   Xílaker era un explorador espacial. Le había apasionado la noche y sus estrellas de pequeño, por lo que le pidió a su padre una sola cosa: su primer telescopio. "Devorador de Estrellas" lo bautizaría, y haría de él en los años por venir, su compañero de aventuras inseparable.
   Xílaker no poseía muchos amigos, de hecho nadie era digno de llamarse su "amigo", pero eso a él no le importaba ni le interesaba. Disfrutaba mucho, sí, de la compañía de su padre, un aficionado al firmamento galáctico, tal como él. No podría decirse en este caso "de tal palo tal astilla", en su lugar, "de tal astilla tal palo" daría una consecuencia no lógica pero sí válida. El señor Kubromer se había interesado por las estrellas al ser testigo de las emociones que éstas provocaban en su hijo. Después de comprarle el telescopio, pasarían noches inolvidables observando un cielo infinito.
   La madre de Xílaker había muerto en un accidente, años atrás, cuando él había cumplido apenas los 5 años. Edad suficiente para empezar a conocer el sufrimiento de un mundo cruel y obstinado, muchas veces impotente, muchas veces evitable. Aún conserva recuerdos difusos de aquel día: papelitos de colores, divertidos sombreros con forma de cono, bebidas de los sabores más dulces que él recordaba haber probado en el universo, invitados de todas las edades, gente que no conocía, ancianas pellizcándole sus ya doloridos cachetes, risas y voces a consciencia, música derretida, velas y por supuesto una gran torta cuyo sabor no recuerda porque no supo si llegó a probarla, siquiera a cortarla; el llamado agónico de su padre, o su vecino, ya no estaba seguro, lágrimas en sus ojos, un silencio atroz, una sala colorida y desolada que provocaba terror, el advenimiento de una noche larga y abrupta, gritos desgarradores, palabras malas sueltas en el aire, abrazos interminables y el apagado rostro de su madre, tan pálido como la nieve de primavera. Siempre le llamó la atención como esa palidez había sustituido todos los recuerdos anteriores a ese día. No podía acordarse de como era su madre sin el aspecto frío e inmóvil, no podía acordarse de su color, de su vida, de su risa, sin caer en interminables curvas que sólo lo arrastraban a una calamidad sin nombre. Ni una foto; por alguna razón, su padre se había deshecho de ellas, o eso pensaba él. A veces se preguntaba si alguna vez le habrían sacado una foto, y terminaba por preguntarle a su padre si tenían cámara de fotos, pero éste anticipaba y adivinaba el porque de la pregunta, y siempre terminaba cubriéndose en frías insinuaciones que nada tenían que ver con la pregunta original.
   El padre de Xílaker siempre apoyó e incentivó el interés de su hijo por las estrellas. Luego vendrían los planetas, más tarde las galaxias y por último se tomaría a todo el Universo como un gran patio de juego. A Xílaker le fascinaban las nebulosas. Entre sus propias palabras para describir tan bellos conjuntos de gases y polvos cósmicos, había una frase que se había convertido en sello propio con el correr de los años: "el negro y espacioso espacio exterior es una gran muestra de arte intergaláctico, y sus mejores cuadros están pintados por autores que están por existir o están por desaparecer".
  
Ya de grande, no soportaba más la idea de estar al otro lado de la vidriera de tan vistosa exposición. Le llegaba a deprimir mirar una y otra vez esas estrellas que sabía nunca llegaría a sentir. Cuando todavía era un niño, soñaba ilusionado con descender en algunas de ellas, plantar una bandera con el lema "el Devorador de Estrellas la divisó primero", y luego explorar su interminable superficie. Estaba seguro que jamás se cansaría, aún cuando tenía millones y millones de estrellas para elegir y explorar, él estaba profundamente convencido que la hermosura que tan sólo una de esas estrellas le entregara, sería suficiente para él. Era todo lo que quería. Pero eso fue cuando era niño. Pasados los años, la razón le decía que las estrellas irradiaban demasiado calor como para viajar hasta una de ellas, y vivir en el proceso más de un parpadeo. No, lo que podía hacer era viajar a un planeta en una de esas tantas aventuras espaciales que su padre le había leído de chico, cuando se iba a dormir a la cama. No serían el Sol, ni inmensos cuadros de pintura difusa, pero la emoción de recorrer lugares nuevos lo sacudían eufóricamente. La Tierra guardaba poco de lo que otrora despertaba sonrisas en cualquiera. Las corporaciones y las multinacionales habían hecho de un paraíso, un pantano roñoso y nauseabundo. No en balde, Xílaker siempre buscó la belleza fuera del mundo donde vivía; éste le deprimía tanto como la muerte de su madre, y posteriormente, tanto como la resignación de no poder nunca tocar una estrella con las manos.



Continuará... un día de éstos...
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Etiquetas: Devorador de Estrellas, estrellas, exploradores galácticos, Kubromer, nebulosas, planetas, Tierra, viajes espaciales, Xílaker

jueves, 20 de septiembre de 2012

Eduardo Galeano te dice la posta


Cuatro frases que hacen crecer la nariz de Pinocho



1. Somos todos culpables de la ruina del planeta

La salud del mundo está hecha un asco. 'Somos todos responsables', claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es. Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al 'sacrificio de todos' en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple. Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo. Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables. La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, "harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades". Una experiencia imposible. Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.

2. Es verde lo que se pinta de verde

Ahora, los gigantes de la industria química hace su publicidad en color verde, y el Banco Mundial lava su imagen repitiendo la palabra ecología en cada página de sus informes y tiñendo de verde sus préstamos. "En las condiciones de nuestros préstamos hay normas ambientales estrictas", aclara el presidente de la suprema banquería del mundo. Somos todos ecologistas, hasta que alguna medida concreta limita la libertad de contaminación. Cuando se aprobó en el Parlamento del Uruguay una tímida ley de defensa del medio ambiente, las empresas que echan veneno al aire y pudren las aguas se sacaron súbitamente la recién comprada careta verde y gritaron su verdad en términos que podrían ser resumidos así: "los defensores de la naturaleza son abogados de la pobreza, dedicados a sabotear el desarrollo económico y a espantar la inversión extranjera". El Banco Mundial, en cambio, es el principal promotor de la riqueza, el desarrollo y la inversión extranjera. Quizás por reunir tantas virtudes, el Banco manejará, junto a la ONU, el recién creado Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Este impuesto a la mala conciencia dispondrá de poco dinero, 100 veces menos de lo que habían pedido los ecologistas, para financiar proyectos que no destruyan la naturaleza. Intención irreprochable, conclusión inevitable: si esos proyectos requieren un fondo especial, el Banco Mundial está admitiendo, de hecho, que todos sus demás proyectos hacen un flaco favor al medio ambiente. El Banco se llama Mundial, como el Fondo Monetario se llama Internacional, pero estos hermanos gemelos viven, cobran y deciden en Washington. Quien paga, manda, y la numerosa tecnocracia jamás escupe el plato donde come. Siendo, como es, el principal acreedor del llamado Tercer Mundo, el Banco Mundial gobierna a nuestros países cautivos que por servicio de deuda pagan a sus acreedores externos 250 mil dólares por minuto, y les impone su política económica en función del dinero que concede o promete. La divinización del mercado, que compra cada vez menos y paga cada vez peor, permite atiborrar de mágicas chucherías a las grandes ciudades del sur del mundo, drogadas por la religión del consumo, mientras los campos se agotan, se pudren las aguas que los alimentan y una costra seca cubre los desiertos que antes fueron bosques.

3. Entre el capital y el trabajo, la ecología es neutral
Se podrá decir cualquier cosa de Al Capone, pero él era un caballero: el bueno de Al siempre enviaba flores a los velorios de sus víctimas... Las empresas gigantes de la industria química, petrolera y automovilística pagaron buena parte de los gastos de la Eco 92. La conferencia internacional que en Río de Janeiro se ocupó de la agonía del planeta. Y esa conferencia, llamada Cumbre de la Tierra, no condenó a las transnacionales que producen contaminación y viven de ella, y ni siquiera pronunció una palabra contra la ilimitada libertad de comercio que hace posible la venta de veneno. En el gran baile de máscaras del fin de milenio, hasta la industria química se viste de verde. La angustia ecológica perturba el sueño de los mayores laboratorios del mundo, que para ayudar a la naturaleza están inventando nuevos cultivos biotecnológicos. Pero estos desvelos científicos no se proponen encontrar plantas más resistentes a las plagas sin ayuda química, sino que buscan nuevas plantas capaces de resistir los plaguicidas y herbicidas que esos mismos laboratorios producen. De las 10 empresas productoras de semillas más grandes del mundo, seis fabrican pesticidas (Sandoz, Ciba-Geigy, Dekalb, Pfiezer, Upjohn, Shell, ICI). La industria química no tiene tendencias masoquistas. La recuperación del planeta o lo que nos quede de él implica la denuncia de la impunidad del dinero y la libertad humana. La ecología neutral, que más bien se parece a la jardinería, se hace cómplice de la injusticia de un mundo donde la comida sana, el agua limpia, el aire puro y el silencio no son derechos de todos sino privilegios de los pocos que pueden pagarlos. Chico Mendes, obrero del caucho, cayó asesinado a fines del 1988, en la Amazonía brasileña, por creer lo que creía: que la militancia ecológica no puede divorciarse de la lucha social. Chico creía que la floresta amazónica no será salvada mientras no se haga la reforma agraria en Brasil. Cinco años después del crimen, los obispos brasileños denunciaron que más de 100 trabajadores rurales mueren asesinados cada año en la lucha por la tierra, y calcularon que cuatro millones de campesinos sin trabajo van a las ciudades desde las plantaciones del interior.Adaptando las cifras de cada país, la declaración de los obispos retrata a toda América Latina. Las grandes ciudades latinoamericanas, hinchadas a reventar por la incesante invasión de exiliados del campo, son una catástrofe ecológica: una catástrofe que no se puede entender ni cambiar dentro de los límites de la ecología, sorda ante el clamor social y ciega ante el compromiso político.

4. La naturaleza está fuera de nosotros

En sus 10 mandamientos, Dios olvidó mencionar a la naturaleza. Entre las órdenes que nos envió desde el monte Sinaí, el Señor hubiera podido agregar, pongamos por caso: "Honrarás a la naturaleza de la que formas parte". Pero no se le ocurrió. Hace cinco siglos, cuando América fue apresada por el mercado mundial, la civilización invasora confundió a la ecología con la idolatría. La comunión con la naturaleza era pecado. Y merecía castigo. Según las crónicas de la Conquista., los indios nómadas que usaban cortezas para vestirse jamás desollaban el tronco entero, para no aniquilar el árbol, y los indios sedentarios plantaban cultivos diversos y con períodos de descanso, para no cansar a la tierra. La civilización que venía a imponer los devastadores monocultivos de exportación no podía entender a las culturas integradas a la naturaleza, y las confundió con la vocación demoníaca o la ignorancia. Para la civilización que dice ser occidental y cristiana, la naturaleza era una bestia feroz que había que domar y castigar para que funcionara como una máquina, puesta a nuestro servicio desde siempre y para siempre. La naturaleza, que era eterna, nos debía esclavitud. Muy recientemente nos hemos enterado de que la naturaleza se cansa, como nosotros, sus hijos, y hemos sabido que, como nosotros, puede morir asesinada. Ya no se habla de someter a la naturaleza, ahora hasta sus verdugos dicen que hay que protegerla. Pero en uno u otro caso, naturaleza sometida y naturaleza protegida, ella está fuera de nosotros. La civilización que confunde a los relojes con el tiempo, al crecimiento con el desarrollo y a lo grandote con la grandeza, también confunde a la naturaleza con el paisaje, mientras el mundo, laberinto sin centro, se dedica a romper su propio cielo.
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Etiquetas: cuatro elementos inquisidores, cuatro frases, Eduardo Galeano, hipocrecía como reina de la mugre humana, natura, Pinocho, verdugos

viernes, 14 de septiembre de 2012

Decíle que muchas gracias, buenas noches

   Ésta es la historia de un tipo cualquiera, como vos, como yo, como aquél. Es la historia que podría pasar en cualquier momento, a cualquier hora, en cualquier circunstancia. No es impresionante, tampoco rara o poco usual, es simplemente una historia común y corriente, repito. No esperen deleitarse en mares de magistralidad literaria, no esperen una historia profunda, no esperen nada de todo esto. Y es por eso mismo que quiero decir desde el vamos, que sólo estoy contando esta historia porque fulminó mi mente como lo haría un relámpago, y una vez vuelto en sí, decidí que lo mejor que podía hacer era escribirla.
   No estoy escribiendo y contando esta historia porque tema olvidarla, no tiene sentido si he dicho con anterioridad que la historia no vale la pena. Perdón, me equivoco, nunca dije que la historia no valiera la pena, no con esas exactas palabras que habrían denotado explicidad resonante. Sí, lo dije en forma implícita, pero hasta ahí nomás. No tengo el deseo de siquiera retenerla, no como los sueños confusos que olvido y que intento recordar escribiendo lo que recuerde en hojas puestas al lado de mi cama, con el propósito concreto de atrapar esos retazos difusos y esporádicos. He aquí un par de ejemplos:


Bristol se llamaba tu hermano.


Sueños de pan blanco y algodón.



   No tienen sentido para mí (y lo normal sería que para ustedes tampoco) porque no recuerdo que función cumplían en la totalidad del sueño. Han quedado atrapados en papel antes de que pudieran perderse para siempre en mi inconsciente.


Imagen que apareció al googlear "Bristol". La pongo porque me pareció bonita, pero no tiene nada que ver con nada. No es mi intención confundir; es mas, ignórenla por completo, hagan de cuenta que no hay ninguna imagen, que no existe. ¿Listo? Sigamos.

   Hay otra especie de sueño que se da de forma cuasiconsciente, contraria a la forma anterior, totalmente inconsciente a causa de estar durmiendo. Se da en situaciones de mucho cansancio, donde nuestros ojos se cierran buscando descanso de tanto ver, pero sin llegar a dormirnos. También se presenta en ocasiones donde nos sumergimos tan profunda e intensamente en nuestros pensamientos, que parecemos estar flotando, es decir, perdemos todo sentido con nuestro alrededor, y aún así, no nos hemos ido del todo ya que cuando volvemos lo hacemos de forma instantánea-no sideral. Como en una especie de reflejo somnoliento que increíblemente responde en forma rápida y eficaz. Lo más común es que este sueño tenga lugar cuando los dos casos se mezclan; es todavía mucho más asombroso. He aquí el único ejemplo que puedo compartir:


Escuché un grito desgarrador, afónico, cuando mis párpados cedían.


   Lo más increíble es que me cagué de un susto terrible, porque resulta que yo me encontraba con sueño en la clase de historia (culpa de la profe aburrida, no de la historia en sí) e inevitablemente, ya rendido, dejé que mis ojos se cerraran. Sólo será un segundo... y fue cuando escuché en la lejanía de un espacio cúbico el grito que he descripto más arriba. Inmediatamente abrí los ojos y todo signo de cansancio desapareció. Durante el resto de la clase, me sentí como si hubiera tomado 10 tazas de café.
   Peores son los casos donde creo que el sueño ha sobrepasado la barrera que delimita la realidad de la fantasía, y el pobre que tengo al lado se liga un trompadón.

   Me zarpé con el tema de los sueños y me olvidé por completo de la historia que iba a contar. Momento, ahí... ahí vuelve... creo... sí, ahí volvió.
   La historia trata sobre una carrera contra la paranoia. Una carrera donde el número de corredores no supera el 1, y donde no existe público, ni línea de largada, ni propósito real. Se duda sobre el origen de la carrera y cuanto ha durado hasta el momento. Sólo se corre, se camina, se salta, se vuela, se nada, lo que sea, pero siempre para adelante con rumbo incierto. Nunca se pasa por el mismo lugar, ni se mira atrás. Se tiene el temor de perder, siempre latente y amenazante; el temor de descepcionar. No se sabe si a uno mismo, o a un tercero, ni siquiera si éste existe o es producto de nuestra imaginación con un poco de paranoia.
   El tipo que está corriendo esta loca carrera, ha suprimido momentáneamente las cosas que hacía en la cotidianidad de su vida. Se ha olvidado hasta nuevo aviso sobre quien era, a quién conocía, qué hizo, por qué hizo lo que hizo; se ha olvidado del sabor que supone tener el control sobre su propia vida. La determinación de llegar primero en esta carrera, lo ha consumido completamente, y parece cegado en esa determinación que nunca (por lo general) acabará por comprender del todo. Él sólo sabe que lo hace porque lo necesita, o porque es necesario.
   Una vez que la carrera ha comenzado para este tipo, es imposible detenerse a descansar, a recobrar el aire, a pensar, y es justamente ésto último lo que está totalmente prohibido durante el tiempo que dure la carrera. Pensar se vuelve peligroso tanto para la carrera como para el tipo que la esté corriendo. El descanso en realidad no es que sea imposible concretarlo, sino que es innecesario. No importa cuanto tiempo se extienda esta carrera: horas, días, meses, años, décadas; él nunca va a sentirse cansado. Pero cuidado, eso es una ilusión, ilusión alimentada por los sueños, ilusión que no deja desfallezer ni al más débil, ni al más perezoso de los corredores. El tipo está convencido de tal forma, que cree sinceramente que la meta se encuentra cerca, y, teniendo en cuenta el temor que tiene de perder, el cansancio parece haber sido erradicado para siempre de su cuerpo. Sus piernas nunca le fallarán, pero como he dicho, todo eso es una ilusión: el tipo se está muriendo poco a poco.
   Ustedes estarán pensando entonces que esa meta, ese fin, ese objetivo por lo que el tipo, literalmente se está matando, debe valer la pena, y mucho más todavía. Pero, ¿están preparados para la cruda verdad? ¿De verdad? No vale fingir, che... ¿En serio que están listos para escucharla, perdón, leerla? Yo les advertí, así que después no quiero que me vengan diciendo: "¡¿POR QUÉ MALIDAD?! ¡¿POR QUÉ ESA CRUELDAD?! ¡¿POR QUÉ TANTA MALIDAD, MALIDAD?!" Está claro, ¿no? Yo no soy responsable de lo que le pase a este tipo, él se lo buscó solito. Ahh... ¿no sabían? Ningún corredor es forzado u obligado a correr en esta carrera. Todos y cada uno de estos pobres diablos, se ofrecen de voluntarios. Nadie los engaña para aceptar, salvo ellos mismos. Confunden esta carrera en la más fiel de las utopías, convirtiéndola a su vez en una simple y macabra distopía. ¿Provoca risa, no? No importa que tipo de risa, pero que da, da. Muy bien, ahora sí, les digo la peor parte: la carrera está hecha para nunca acabar. Y sí, no hay tal meta, lo que lógicamente significa que tampoco hay tal... ¿premio? Lo que sea que este tipo estuviera buscando en su afán de ganar la carrera.
  
   Ahora quiero que rescatemos una palabra que usé en el párrafo anterior. "[lógicamente]". Quiero que piensen en esa palabra detenidamente, quiero que la relacionen con todo lo dicho anteriormente, y quiero finalmente que me digan que está mal. Les voy a dar unos, 10 renglones en blanco para que vayan respondiendo. ¡Suerte!











   Más vale que ya lo tengan, porque en un arrebato de "buenidad" (mi hermano mental gemelo y bobito) no les di 10 renglones en blanco, les di 11... Una vergüenza sería si me vienen con la mente en blanco. Aunque sea cualquier gilada, algo deben haber cosechado.
   ¡No lo resisto! Se los voy a decir, lo tengan resuelto o no. Y por cierto, si alguno le acertó, le voy a averiguar la dirección IP, lo voy a ir a buscar a su casa, voy a irrumpir sin importar si está con cagadera en el baño, y lo voy a besar tan fuerte que le voy a mutilar los labios. Y tampoco me va a importar si es hombre, mujer, animal o ente demoníaco (poltergeist). Es en serio, me voy a casar y le voy a hacer tantos pequeños Malidad Juniors como me sea biológicamente posible.
   ¿Listos?  



Resulta un error imperdonable confiar nuestro destino a la lógica.

   ¿Quién ha dicho que la continuidad lógica tenga que regir nuestra vida? Y a esa amiga que tanto le gusta caminar a su lado, esa a la que llaman, "razón", va lo mismo. No me entiendan mal, yo no tengo nada en contra de la lógica y la razón, de hecho estoy eternamente agradecido del mal dogmático de la Iglesia del que nos libraron hace unos cuantos siglos atrás. Pero, ¿para qué romper furiosamente con un dogma (de amigos imaginarios y lugares de tormento), si vamos a internarnos con la misma fuerza en otro? Estoy hablando de esas personas que se detienen solas, que se rinden solas, que luchan contra ellas mismas y que ganar o perder da lo mismo al final; son su peor enemigo, son su propio padrastro que nunca los quiso, y todo porque "lógicamente razono que me veo en la imposibilidad de seguir, y por lo tanto, no me queda otro recurso más que resignarme y aceptar que no hay más de lo que veo. ¿Sentimientos, sensaciones? Eso no existe, son reacciones químicas". Algún día cuando el salame que soporto se de cuenta, ese día... bueno, ese día dejaré de existir, pero al menos él estará mejor que ahora.
  
   "... la carrera está hecha para nunca acabar. Y sí, no hay tal meta, lo que lógicamente significa que tampoco hay tal... ¿premio? Lo que sea que este tipo estuviera buscando en su afán de ganar la carrera." Las pelotas. ¿Saben por qué? Porque el tipo simplemente se dijo a sí mismo que todo era una boludez, y que si no quería correr en esa carrera, no lo haría. Es más, no estoy contando toda la historia: el tipo simplemente se inventó su propia meta y ganó. El primero en hacerlo, y todo gracias a despojarse de "toda lógica y razón". Fin.
   ¿Linda historia, no? Si no les gustó, sigan corriendo esa carrera de nunca acabar, sigan engañándose con que algún día van a ganarla, sigan esperando, corriendo en el mismo lugar, en círculos, desorientados por el Sol, amnésicos, sigan, no me importa. A los que les gustó, les digo una sola cosa: pésimo gusto literario.
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Etiquetas: Bristol, carreras, círculos, cuasiconsciente, gente ordinaria, Malidad, ratoncitos con guitarras eléctricas, sueños, yo cambio de forma para atacar

lunes, 10 de septiembre de 2012

La mujer de los guantes rojos

   Lloviznaba. Allí estaba yo, una vez más, como pasajero de un trolebus sumido en pequeños charcos que se habían formado a partir del agua de viajeros anteriores a mi arribo. En días de lluvias tan ligeras, uno pensaría que la humedad provocaría gran zozobra entre la gente tan correctamente producida, y por esa misma razón, yo me encontraba algo divertido observando discretamente a esa misma gente.
   Los hombres, siempre reacios e inmóviles, no dejaban entrever ninguna señal de molestia, o al menos no de molestia directamente relacionada con la que yo buscaba. Sus desproporcionadas caras de culo bien podían confundirse con molestia, enojo, tristeza, serenidad, gracia o simplemente su cara natural las 24 horas del día (o sea nada). Esto no es 2007, pensé, y dejé de buscar en los hombres lo que fácilmente encontraría en las mujeres. Ellas sí que se preocupan por su pelo. Yo soy de pensar que la belleza física de una mujer se encuentra un 40% en su pelo (será por eso que las que tienen pelo corto, exótico o todo lo que no sea un lacio perfecto y aburrido, me vuelven esclavo ocular). Los ojos también se quedan con un gran porcentaje, pero ellos en realidad juegan a dos bandas en mi opinión. Si uno mira detenidamente los ojos de la gente, puede ver más allá de la hermosura del iris, para internarse de lleno en esa persona. Es por eso que con los ojos, uno obtiene tanto belleza física como interior. Es la parte más importante del rostro humano, y aun así, hay gente que insiste en usar lentes de Sol incluso cuando ya no existe tal Sol. Lo mismo es al pedo lo que digo, no me sirve; no puedo mantener la vista en la gente, mucho menos en sus relucientes ojos que parecen quemarme con la mirada. Conozco una o dos personas que son muy conscientes del poder que guardan los ojos, y creo que por esa razón les encanta usarlos para andar prendiendo fuegos en los hielos más efímeros.
   Por supuesto, las cuantiosas caras de traste que mi mirada encontró desperdigadas a mi alrededor, tenían su origen en la desastrosa labor que la humedad había provocado en sus planchados cabellos. Qué irónica situación viven las personas de pelo lacio en busca de pelo ondulado, y viceversa. Pienso que son niños al querer siempre lo que no tienen, teniendo en cuenta que alguien en otro lugar, quiere lo que los primeros odian. Y esto no sólo pasa con el pelo, sino con todo en general. ¿Han visto el típico complejo que presenta el tipo rico que se garcha a cuanta mujer quiere, pero cuando se encuentra solo en su exuberante mansión, le asaltan sentimientos de culpa, tristeza y soledad? Amor, dinero, salud y suerte. Mucha gente resume en eso los elementos necesarios para conformar la vida perfecta. ¿Al millonario le faltaría amor, no? ¿Suficiente razón como para pensar en el suicidio, no?
   Trato de no desviarme de tema, no obstante, lo continúo haciendo de manera implacable. Es uno de mis grandes defectos al momento de reflexionar sobre ciertas cosas. Me pierdo en los mares de cabellos que viajan en el tiempo, en siluetas difusas en el horizonte oscilante, cuando el origen de todo había sido el recuerdo de la charla que tuve con un amigo hace ya tiempo atrás. ¿Por qué? ¿Por qué esa necesidad imperante e inflexible de sumirme tempestuoso en la calamidad que presupone la falta de atención, de determinación, inclusive con mi propia mente? Vago sin sentido, y cualquier viento, cualquier brisa, sirve para llevarme lejos de donde se suponía no debería alejarme mucho. Soy como papel en un torbellino inherente. Imposible cambiar, mas podría aceptar con cierto pesar, que la gracia inundará mi vida gracias a la confusión donde vivo.
   Las ocasiones donde ningún viento sopla, y nigún torbellino acecha, son tildadas de utópicas. Y es que algo debe captarme la atención muy profundamente para no terminar por perderme en nimiedades. "Estaba perdido en tus ojos", es la frase piropal más pelotuda de todas; ¿como podés hablar de estar perdido cuando tenés semejante belleza palpable ante vos? Y el careta la trata de arreglar alegando que "estaba perdido en tus ojos", para zafar de situaciones tan recurrentes como "¿escuchaste lo qué estaba diciendo?". Nunca te distraerías ante semejante muestra de lo bella y sabia que es la naturaleza. Uhmmm... las mujeres. Verán, yo de chico pensaba que lo más bello del mundo eran los paisajes verdes. De grande generalmente lo sigo pensando, sin embargo, creo que no hay comparación con la belleza que ellas irradian. Por lo que mi podio personal estaría conformado de esta manera: 1º La mujer, 2º Los paisajes verdes, 3º Las Nebulosas. Diosas, paraísos y polvos estelares.
   Hubo una cara que me llamó la atención por sobre cualquiera; guardaba algo inusualmente diferente, excéntrico. Una mujer de edad indescifrable y mirada gélida. Estaba sentada en el último asiento, junto a la puerta de descenso. Vestía unas cómodas zapatillas para correr, un pantalón también propicio para la ocasión, un rompevientos azul de aspecto, diría yo, algo anticuado, y un par de guantes de lana roja. Traía consigo una mochila grande turquesa con pequeños detalles o dibujos blancos. Su diseño era algo infantil, o más bien, bastante tierno. El cabello de esta mujer me recordaba al estilo que se usaba en los años '60; las puntas no llegaban a los hombros y toda la cabeza era recubierta como un casco perfectamente enroscado por un color castaño rojizo, dejando libre sólo una mitad de la frente. No podía evitar asociar su mirada y peinado, con el trabajo rutinario de una oficinista. Pero su ropa no delataba lo mismo, y sus guantes me parecían increíblemente notorios.
   En menos de un minuto mi mente pensaba en otra cosa y ya había olvidado a la mujer, aún cuando la tenía a menos de 4 pasos de mi posición. Yo me había situado en el fondo del trolebus junto a los ventanales publicitarios posteriores, apoyando mi espalda en la superficie vertical más cercana. Débilmente mis ojos captaban algo del exterior, ya que debido a las láminas publicitarias, todo se veía considerablemente borroso. La mejor parte del viaje es la ventana, solía decirme a menudo. El único paisaje que me quedaba eran los pasajeros que viajaban conmigo, lo cual era desalentador porque no podía mirarlos más de 5 segundos sin sentir punzadas de tímidez. Soy bombardeado por miles de preguntas imaginarias que supongo se estará preguntando el que este mirando, y eso me fuerza a desviar la mirada antes que el otro siquiera se de cuenta de mi nerviosa observación. Muchas veces he sentido un deseo enérgico de estudiar a algún extraño con la mirada, pero he tenido irremediablemente que quedarme con apenas 2 segundos y unas terribles ganas insatisfechas. ¡Oh! ¡¿Cuántas veces tuve que obligarme a desistir de mirar ángeles caídos o simples mortales que por cualquier razón se convirtieron en merecedores de mi total fascinación?! Es una sensación horrible ver de reojo entre la neblina, como se alejan esas personas que me sacaron de este mundo para ponerme en constelaciones de impresionante magnitud. Saber que son extraños, que nunca volveré a verlos, y aun así, dejaron marcas que juro en vano decir que serán insuperables. ¡Pero allí están, una vez más! Dueños de mis ojos y ni siquiera lo saben, no quiero que lo sepan.
   Mi mirada la encontró igual como la última vez. Esta vez quise mirarla un poco más que de costumbre. Observé sus preciosos guantes rojos y suspiré sin darme cuenta. Alzé mi campo de visión hasta depositarlo en su blanco y nulamente maquillado rostro. La primera vez que la vi, creí instintivamente que ese color entre púrpura y rojo oscuro que cubría sus pequeños labios, se debía a algún lápiz labial, pero con un segundo detallado estudio, pude darme cuenta que era su color natural; no rosa, no rojo, cereza. Era tremendamente seductor por, pensé maravillado, cualquier hombre devenido por colores oscuros naturales. Rápidamente me encontré calculando la edad de aquella mujer que parecía no despegar su mirada de la puerta del trolebus, como si lo que más deseara en todo el mundo, fuera escapar de aquel atestado lugar.
   Bastante peculiar, pensaba sin poder llegar todavía a una conclusión razonable. Su forma de vestir, su peinado, sus labios, la mochila que cargaba, nada tenía sentido. Aunque no sé porque en esos momentos pensé que nada tenía sentido, como si todo lo que viéramos a diario, tuviera que tener sentido justamente en el mundo del sinsentido. Sin embargo, entre tantas inquietudes que me agolpaban, hubo algo que me dejó estupefacto. Me respondí a mí mismo que la mujer debería tener más de 40 años, pero sus ojos, esos ojos únicos decían otra cosa. Eran oscuros y aún así, llenos de vida. Penetrantes y reflexivos, eran sabios. Parecían tener las púpilas dilatadas de forma exagerada, y guardaban el aroma de la juventud en su vasta extensión. Juro que esos ojos mostraron más de lo que llegué a apreciar. Como un sueño que se olvida al despertar, desesperado me encontré mientras luchaba inútilmente por no perder esos retazos que sabía, no volvería a experimentar.
   La mujer nunca desvió su vista en todo el viaje, pero yo no podía aguantar la mía más de 5 segundos, por lo que aprovechaba pequeños lapsos de tiempo para verla unos míseros momentos. En esos segundos donde evitaba mi mirada a propósito, me sentía débil e inseguro. La curiosidad hacía mella en mi integridad. Pensaba que volver a verla, era todo lo que necesitaba para estar mejor, pero cada vez que volvía mis ojos, una profunda melancolía me inundaba. A cada minuto que pasaba, más y más me iba percatando de la extraordinaria belleza que residía en esa mujer, por lo que ser consciente del inminente fin del viaje, me ponía infantilmente triste.
   Comenzé a preguntarme de donde era, a donde iba, el por qué del atuendo de sus ropas y su cabello, su vida en general, cual era el tono de su voz, su nombre, sus gustos, lo que estuviera pensando en esos instantes, lo que estuviera viendo, cómo se sentía, ¿le gustará el frío? Sin percatarme mucho sobre la situación, gradualmente me vi obsesionado sin saber muy bien por qué. Una de las tantas incógnitas que trataba de develar me devastó sin demasiado apremio: su nombre. Saber el nombre de una persona, es conocerla en un 50%; será por eso que casi nadie sabe que tengo segundo nombre, aún cuando está anotado en papel azul. No saber su nombre era en este caso, algo que extrañamente me atraía. De hecho, no saber nada sobre esta mujer me cautivaba sobremanera. Concluí que su belleza era producto de su misterio. Desconocerla por completo, tener la certeza de que nunca la había visto y que probablemente nunca la vería de nuevo en esta puta ciudad, evocaba en mí, un sentimiento nunca antes asiduo.
   Mis palpitaciones crecían a ritmo acelerado y por momentos mis ojos amagaban con dejar escapar unas lágrimas inexplicables. Por momentos escucho canciones que pueden sacarme risas y lágrimas por igual, y no puedo controlarlo. Es como el amor que se siente salir apresurado de esa prisión impuesta por nosotros mismos. Esos ojos, esa mirada tan enigmática, es esplendorosa y cautivante como ninguna. No se compara, no se asemeja, mierda, ni se imagina. Es única y es eterna, inmodificable, imposible de adulterar. Inexpugnable como la penetrante vista del águila, poderosa como el paso de gigantes de hierro. Quema a los ojos tan sólo mirarla. ¿Quién sos mujer? ¿quién sos para dejarme en este estado? ¿qué ocultás en esos ojos? ¿acaso penas qué creías olvidadas pero de algún modo volvieron a surgir amenazantes en tu bello rostro? ¿son lágrimas que nunca caerán ni se mostrarán? Una fríaldad inamovible, innaccesible para cualquier mortal. Oh, me pregunto como un niño curioso: ¿quién será aquél que te tuvo, aquél que te tiene? ¿qué hizo para poseer semejante diosa de la pasional tempestad? ¿cuál fue su épica proeza? ¿inigualable quizás? ¿Alguien siquiera ha podido probarte en carne y alma? Todo en ella me apasionaba, me sumía en una infinita locura; la más desesperada, la más imbécil.
   Cuando descendía por la puerta de atrás, siempre con la misma mirada gélida, sentí algo parecido a un corazón siendo presionado por una fuerza inmensurable para luego implotar. Sentí como prolongados y extasiadores suspiros vaciaban el poco aire que cobijaban mis pulmones. Como mis ojos se humedecían de forma dolorosa y cristalina. El alma se me era arrebatada sin más, y yo no hacía más que seguirla con la mirada, totalmente impotente. Creí estar congelado en el tiempo mientras ella se internaba en la llovizna que azotaba suavemente las calles grises. Traté en vano, ya resignado, seguirla con la vista a través de esos vidrios empañados; alcancé a ver una deformada figura azul que habría confundido fácilmente de no ser por sus distintivos guantes rojos. Unos deseos impulsivos quisieron desatar en mí la más frenética de las persecuciones, pero finalmente pude mantenerlos a raya y ganar algo de consuelo diciéndome que volvería a verla. Por supuesto que mentí, pero yo no lo sabía en ese momento, no necesitaba saberlo.
   No quería saber nada sobre la mujer de los guantes rojos. Quería dejarla en absoluto misterio. Me di cuenta de lo poético que significaba permanecer al margen, como si nunca hubiera existido para ella. Nunca me miró, nunca miró a nadie. ¡Eso!, desconocerla la volvía tan atrapante, tan excitante como ir tanteando a ciegas en busca de rostros ajenos, sin saber que nos espera, sin saber que nos atrapa para siempre. Juro ante la mirada inequívoca de mi alma, que fue la visión de millones de gotas de un rocío primaveral, en pleno invierno. Cosas que pasan los días nublados, cuando se mezcla electricidad y agua. Luces hermosas, luces hermosas, luces hermosas. No puedo sacarla de mi cabeza, no puedo dejar de pensar en su rostro, en su gélida mirada, en sus guantes rojos. Esos ojos pedían algo que nadie escuchó, que nadie prestó atención, y fui yo, su único prisionero, quien recalcitrante desoyó a su flameante llamado. ¡Oh, deidad en vida! ¿quién habrás sido? Platónica y musa de estos escritos, y ni siquiera te conozco. Te esfumaste de la Tierra y dejaste una marca que sangrará indolora, hasta el próximo advenimiento, de esos ojos taciturnos.
Publicado por Nor Malidad en 19:52 No hay comentarios:
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Etiquetas: agua de lluvia, desgarradores ataques de amor platónico, drogas llenas de pasión, el misterio es belleza, guantes de lana roja, labios cereza, mirada gélida, musa desconocida, ojos negros

jueves, 6 de septiembre de 2012

Monólogo discursivo por encargo voluntario

   Voluntario... me ofrecí... totalmente arrepentido y devastado. Quieren que mutile a mi propia creación, me piden que la purifique. "Limpiala". Es horrible, no. Les juro que no me ofende si la destruyen a su antojo, pero por favor... no me pidan que lo haga yo, no puedo, quisiera, pero es un sufrimiento.
   No serás olvidado, y te voy a dejar acá para recordar como eras antes de todo ese "maquillaje" que me obligaron a ponerte en defensa de los susceptibles.
  
   Ahora sos eterno. Ve en paz, hijo mío.




 

  
    Profes hay muchos. Los hay de todas las formas y colores; altos, petisos, flacos, anchos, buenitos, inquisitivos, magnánimos,  con un magistral dominio de la ironía como recurso humorístico, entre otros.
   Está el que pide silencio con un “por favor”, sigue con un “hagan silencio chicos”, insiste con un resignado “¡cállense de una buena vez!” y termina con un desaforado “¡CIERREN EL PICO, COTORRAS!, golpes al pizarrón y el pedido inminente de amonestaciones al insensato que continúe avivando fuegos anárquicos durante la clase; así, todo junto, en un cóctel fulminante.
   Dicen también, de que existen profes que con su mirada de rayos “x”, son capaces de carcomerles el cerebro a aquellos individuos de especial calaña molesta, hasta reducirlos a cascarones sin vida (tal vez no sirva como alumno, pero al menos guardará silencio por lo que reste de clase). Otros en cambio no poseen rayos “x” realmente. Aun así, se las arreglan para alimentar la leyenda que su mirada esconde detrás de un manto de aparente vehemencia. En mi caso particular, existen ciertos ojos que provocan en mi persona, piel de gallina y desastrosos terrores nocturnos que se extienden incluso más allá de los confines de la noche.
   Está también el del porte militar. Ése que fue dotado con voz de trueno y vista de águila en un arrebato de infinita sabiduría por parte de la naturaleza, y que en el rol de profesor, hace las veces de Sargento, Capitán y General de División cuando la situación así lo amerita. Cada vez que su voz entra en escena, las placas tectónicas de la Tierra huyen pavorosas en la dirección contraria, provocando así, profundos terremotos que dejan destrucción y caos a su paso. Le faltan los lentes de sol tipo policía texano motorizado, y un buen látigo (mejor no preguntar sobre lo último).
   El que te lee los pensamientos, o al menos eso jurás al reconocer en la expresión de su rostro, cierto atisbo de sorpresa y extrañez. Como si lo que pensaras en ese momento, saliera refulgente a nadar por todo el curso al grito de “¡mírenme!, ¡acá estoy! No sé quedarme adentro”.
   El clásico oído biónico, infaltable. Hace notar su rango de eficiencia inclusive al estar uno a más de 80.000 kilómetros de distancia, pero con la lejanía todavía suficiente como para el viento poder transportar la sonoridad de palabras que rezan al compás de: “te oí; felicidades por tus nuevas y relucientes amonestaciones, genio de la vida”.
   El de las risas ante todo. Te pone el 1 con una sonrisa dibujada en su rostro y una palmada en la espalda. Cuando te vas alejando, de regreso a tu banco, podés escuchar las carcajadas del profe. No sabés si serán por el 1 que acabás de ligar, o porque Talleres sigue otro año más en el Argentino “A”; la verdad un misterio. Sin embargo, en el fondo, algo parece indicar que sus risas se deben a que disfruta su trabajo con una perversidad sin parangón, en el mar de poder que va surcando a lapicera roja.
   La que cada vez que empieza a nombrar gente, todo el mundo traga saliva e implora que su nombre no sea el siguiente. ¿Quién sabe que intrigas guardará para el desposeído de toda suerte? Una lección oral, una revisión sorpresa de carpeta (la cual obviamente va a estar más incompleta y delgada que argumento de abogado), una pregunta “casual” que con toda la suerte del mundo, va a tratar justamente sobre ese tema que tanto te costó comprender. ¿Quién sabe realmente? Todo se vuelve tan nebuloso mientras los nombres pasan y el tiempo nos indica que el timbre dista mucho de venir al rescate.
   Ese disfrute diabólico que entrega la sensación de tener el poder para pedir tareas tediosas y descomunales, como si de pizzas se tratarán. Es como una necesidad, un deseo, un placer, el hacer guías de preguntas que llenan carillas enteras, y donde cada uno de los puntos, trae subpuntos, y estos a su vez piden relaciones con otros puntos, lo cual lleva al más de los espectaculares enmarañamientos en nuestras frágiles mentes, ardientes en deseos de sencillez.
   Especial cuidado con los que disfrutan y se pasan horas interminables tramando cuidadosamente los hilos de un plan oscuro y tenebroso, que desembocará en las famosas 5 mortales preguntas de la evaluación (valor de dos puntos cada una). Se dice que mientras confeccionan dicha evaluación, se dejan escuchar en el aire, brutales carcajadas que nada tienen que envidiar a la del más lúgubre villano de las películas de James Bond.
   Uno muy común es ése que parece vigilarte a cada momento. Cada respiración, cada cambio de aire, cada movimiento articular, cada vuelta de página, cada lapicera que tocás, cada cosa que escribís, cada cosa que dijiste, decís o dirás, cada signo potencial de pérdida de concentración, todo, pero todo… el profe lo sabe de anticipado, y cuando creas estar a salvo de todo peligro, de estar en la más cómoda burbuja de aire, te darás vuelta y te encontrarás con su mirada reacia, y un gesto en el rostro que parece decir: “una jodita más, y te vas de acá en una funda”. Lo que consiguientemente provocará que traguemos saliva, viremos de vuelta a nuestra carpeta, agarremos la lapicera torpemente a causa del miedo despampanante y roguemos vivir para ver ponerse el Sol una vez más.
   Y seguramente me olvido de varios que debido al ajetreado tiempo del que dispongo, me limitaré tan sólo a nombrar y que su imaginación haga el resto: “el fanático de las matemáticas”, “la experta en álgebra”,“el terror de los lunes”,  “la apasionada”, “la licenciada en fonoaudiología”,“el terror de los martes”, “el comediante” (personalmente, mi favorito), “la especuladora eterna”,“el terror de los miércoles”, “la controladora”, “la retributiva”, “el que te la jura”,“el terror de los jueves”,  “el paciente crónico”, “el mafioso”, “el astronauta”,“el terror de los viernes”, “el que viene de incógnito” “la asesina de sueños”, “la impía”, “la meticulosa”, “el sistemático”, “el hermano perdido de Sarmiento”, “el terror full time”, y un larguísimo y muy repetitivo etcétera.
   Hay historias que siguen recorriendo los pasillos de este colegio al día de hoy. Historias de profesores con un pasado oscuro y olvidado a duras penas, por lo que les digo a todos: ¡tengan cuidado! Sean precavidos en sus dichos y piénsenlo dos veces antes de querer hacerse los vivos, podría ser la última locura que hagan.

   Pero bueno, ese fue mi lado locuaz y paranoico, no le hagan caso. A decir verdad, los profes que vemos a diario, no tienen superpoderes, ni son seres malvados y sin corazón, tampoco disfrutan su trabajo de forma perversa (es más, quizá ni lo disfrutan por alumnos como nosotros), no poseen un pasado siniestro ni guardan rencores. Sí, es cierto que tal vez se vean duros y “malos” por fuera, pero en el fondo, son como una pequeña flor pidiendo a gritos ser regada con el cariño de sus alumnos (subordinados). Así que si no es mucho pedir, háganle saber mediante un pequeño abrazo al primero que vean, que lo aprecian tal cual es, a pesar de todo. Va con onda, che.
   Si así no lo creen, acuérdense de ese profesor o profesora que repite e insiste cansinamente en lo mismo, sólo por nosotros. Ése que dice las mismas cosas una y otra vez, que retrasa los temas para poder explicar lo que quedó suelto. Ése que te pregunta a cada rato si entendiste, pero que por alguna extraña razón, le respondemos en muchos casos con un “sí” de lo menos convincente. No teman el exponer su ignorancia reiteradas veces, porque al final, sin ignorancia previa, sin error, no hay maestría ni dominio. Y aprovecho para pedirles disculpas de las más sinceras, a esos profesores que pararon la clase para explicarme nimiedades que mi cabeza se resistía a internalizar.  A todos ellos, y a los demás que me enseñaron a reírme de mis falencias, les digo, gracias por tener esperanzas todavía.

   Feliz día del híbrido Maesor, ó Maestro-Profesor, ó, simplemente profe.

Publicado por Nor Malidad en 22:56 7 comentarios:
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Etiquetas: ahora anda y existí en un lugar mejor que éste, ahora sos eterno, el colegio no es lugar para vos, lo hice por mí, lo hice por vos Carolina, me obligaron a humillarte, me obligaron a rebajarte

sábado, 1 de septiembre de 2012

Pulsión de muerte

   Sobresaltado como el que sueña y es arrastrado a la fisiquidad en un furioso despertar, se encontró rodeado de aguas heladas. No sabía que estaba pasando, donde estaba, ni como había llegado allí en primer lugar. El instinto evitó que respirara; sumergido en esa inmensidad azul, el respirar sería su aparente fin. Su segundo acto instintivo fue la búsqueda de la emersión, por lo que movió sus brazos, los cuales, ayudados por el sólido movimiento de las piernas, trasladaron el cuerpo sobre su cabeza. Era un excelente nadador y no le tomó mucho tiempo llegar al punto muerto. Sus manos chocaron con lo que parecía ser una superficie invisible, completamente sólida y uniforme. Asoció la fríaldad de esas aguas y pensó que lo que le impedía seguir, era un gran bloque de hielo. Su transparencia era tal, que inclusó con el tacto en juego, uno mismo podía engañarse al creer que allí no había nada; tenía que ser una capa de hielo bastante delgada y temprana. Sin perder tiempo en deliberaciones mentales, dirigió sus puños cerrados al hielo, que, de haber tenido como objetivo a una persona, la habría derribado sin más preámbulos, pero debajo del agua resultaba una simple caricia entre amigos. Era inútil, incluso con una capa de hielo tan delgada como esa, el constante rodeo de aquellas aguas ralentizaba sus brazos de forma considerable. Tenía que pensar rápidamente en otra solución si no quería que sus pulmones se llenaran de agua, aunque era más factible que antes de que ese hecho ocurriera, el pobre infeliz perecería en la más púrpura hipotermia.
    Nadó en constante contacto con la ventana a su libertad. A través de ella, sus ojos podían ser testigos de una luminosidad increíble. No parecía luz solar porque venía de todas partes, pero tampoco parecía ser artificial porque simplemente la consideró demasiado hermosa para ser producto de unas cuantas lamparitas de mala muerte. Recordó que nunca había visto luces como aquellas y se vio internado en sentimientos de asombro y melancolía, que supusó se debían a la hermosura con la que el mundo parecía retratar su inminente final. Trató de evocar memorias de sucesos tan extraordinarios como los que estaba presenciando, pero fue en vano. Se dio cuenta finalmente que todo lo que veía y sentía se salía de cualquier tipo de escala, parámetro, cabeza. Era, sorprendentemente, algo que superaba a la mismísima imaginación. Creyó asustarse por lo que llegó a pensar, pero en realidad su terror era producto de la consternación al no hallar fin en ese hielo que impedía su liberación, la entrada de un poco de oxígeno y quizá también, un deseo inconsciente de querer saber el origen de esas luces que tanto lo habían cautivado.
    El tiempo parecía estar pronto a acabarse y las campanas de la muerte se dejaban oír en la lejanía del vasto ¿océano? Todavía desconocía su paradero geográfico: bien podía ser un pequeño lago a las afueras de Glasgow, con gente acampando en las cercanías (lo cual resultaría en un aumento considerable de sus posibilidades de ser rescatado por un tercero, a raíz de su evidente fracaso al tratarlo el mismo), o bien podía ser debajo de la monstruosa extensidad de un casquete polar en alguno de los dos polos, lo cual claro, reducía a cero (0) sus esperanzas de conservar la vida. No quería morir, no, aún no... había tanto que ver, tanto que sentir, tanto que saborear... La idea de ver aquellas luces con sus ojos húmedos, iba ganando peso en su cabeza, a tal punto que dejó de ser una meta inconsciente de su parte, para convertirse en la única razón de su vivir. Llámenlo curiosidad, obsesión, locura, estupidez, incluso amor si así lo quieren, pero lo cierto es que su determinación por verlas era tan profunda como las profundidades que le esperaban abajo. Entonces fue cuando se dio cuenta que no había nada que hacer donde se encontraba; quizá en otro lugar, quizá en la negrura que el fondo reserva para el ahogado que nunca aprendió a moverse en la libertad que las aguas confieren al que se atreve a jugar en ellas, libertad que amenzaba ahora con ser la causa de su inminente letargo eterno. ¡Pero que locuras! ¿Pensar qué la salida estaría en el fondo?, ¿en la tempestad del vasto y oscuro océano?, ¿en la morada oculta de Neptuno?, ¿lejos de la luz qué tanto atesoraba, qué tanto lo había embriagado en sus torrentes sanguíneos como alcohol etílico inyectado a las venas?, ¿intoxicado por la locura, era ahora un ser que había perdido la razón? ¡El fondo!, ¡el mismísimo fondo!, esperando su llegada, esperando su paso como turista extraviado en país extranjero, como idiota en madrugada, como flor en campos volcánicos, como huracanes en desiertos sin arena y sin oasis. Un idiota, eso habría pensado cualquiera que lo hubiera visto nadar cegado por una fe inquebrantable en lo que creía, la única posibilidad de encontrar esa luz que continuaba inyectándole pequeñas dosis de amor propio. Suficiente amor propio como para no rendirse en esas aguas congeladas, para no rendir sus pulmones, para no desfallecer en sus últimos momentos de vida. La azulidad desaparecía, y era testigo innato del reino carente de luces hermosas, de nostalgias, de vibras revitalizadoras. Era él y la inmensidad de la nada absoluta. No sentía más el agua chocando en la superficie de su piel, ni los calambres que sus músculos estaban sufriendo a causa del esfuerzo sobrehumano para llegar al fondo con la rapidez de un rayo; también desapareció el miedo al ahogo, miedo que sus propios pulmones juraban entre lamentos, poseer irremediablemente. Desapareció todo. El sonido, el tacto, la profundidad, la ascención, la vista, la oscuridad. No había oscuridad, nunca la hubo; esto, todo esto, era... no era nada. Cerró los ojos por primera vez desde que había despertado; estaba repentinamente, cansado de todo.

                                                      http://3.bp.blogspot.com/-8g9PDpPe5Rg/ThNMQyr6GgI/AAAAAAAAAWI/1W2XxKZSj3k/s320/419055.jpg
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Etiquetas: aguas heladas, cristal, cubo, inmensidad, luces hermosas, Neptuno, oscuridad, Tánatos, tempestad, tormenta, vasto océano
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Yo sobreviví al 21 de diciembre de 2012

"Ohh, sí. Recuerdo ese día con frenesí. El mundo de afuera, colapsado. Meteoritos cubiertos de fuego bañaban el cielo, y mis vecinos se arrancaban las cabezas unos a otros. Sí, señor, lo recuerdo muy bien. Un sinvergüenza trató de robarse una manzana de mi árbol. Lo maté a palos. Ese día no hubo moral en el mundo, y muchos cayeron ajusticiados por mi bastón de madera. Locos hasta la médula, no sabría decir. Yo, por mi parte, cuando no golpeaba a la gente con mi bastón, bailaba como loco desde el techo de mi casa las canciones más fieles al espíritu del Rock 'n Roll, al grito de: "¡hijos de puta! ¡fuera de mi jardín!". Ohhh, sí. Recuerdo ese día muy bien. Me divertí tanto. Deberían haber más a menudo fines del mundo como aquél. El que dice que el mejor fin del mundo fue el del 2000, es un imbécil."

El coso que dice cosas

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El coso que enumera cosas por jerarquía

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