sábado, 1 de septiembre de 2012

Pulsión de muerte

   Sobresaltado como el que sueña y es arrastrado a la fisiquidad en un furioso despertar, se encontró rodeado de aguas heladas. No sabía que estaba pasando, donde estaba, ni como había llegado allí en primer lugar. El instinto evitó que respirara; sumergido en esa inmensidad azul, el respirar sería su aparente fin. Su segundo acto instintivo fue la búsqueda de la emersión, por lo que movió sus brazos, los cuales, ayudados por el sólido movimiento de las piernas, trasladaron el cuerpo sobre su cabeza. Era un excelente nadador y no le tomó mucho tiempo llegar al punto muerto. Sus manos chocaron con lo que parecía ser una superficie invisible, completamente sólida y uniforme. Asoció la fríaldad de esas aguas y pensó que lo que le impedía seguir, era un gran bloque de hielo. Su transparencia era tal, que inclusó con el tacto en juego, uno mismo podía engañarse al creer que allí no había nada; tenía que ser una capa de hielo bastante delgada y temprana. Sin perder tiempo en deliberaciones mentales, dirigió sus puños cerrados al hielo, que, de haber tenido como objetivo a una persona, la habría derribado sin más preámbulos, pero debajo del agua resultaba una simple caricia entre amigos. Era inútil, incluso con una capa de hielo tan delgada como esa, el constante rodeo de aquellas aguas ralentizaba sus brazos de forma considerable. Tenía que pensar rápidamente en otra solución si no quería que sus pulmones se llenaran de agua, aunque era más factible que antes de que ese hecho ocurriera, el pobre infeliz perecería en la más púrpura hipotermia.
    Nadó en constante contacto con la ventana a su libertad. A través de ella, sus ojos podían ser testigos de una luminosidad increíble. No parecía luz solar porque venía de todas partes, pero tampoco parecía ser artificial porque simplemente la consideró demasiado hermosa para ser producto de unas cuantas lamparitas de mala muerte. Recordó que nunca había visto luces como aquellas y se vio internado en sentimientos de asombro y melancolía, que supusó se debían a la hermosura con la que el mundo parecía retratar su inminente final. Trató de evocar memorias de sucesos tan extraordinarios como los que estaba presenciando, pero fue en vano. Se dio cuenta finalmente que todo lo que veía y sentía se salía de cualquier tipo de escala, parámetro, cabeza. Era, sorprendentemente, algo que superaba a la mismísima imaginación. Creyó asustarse por lo que llegó a pensar, pero en realidad su terror era producto de la consternación al no hallar fin en ese hielo que impedía su liberación, la entrada de un poco de oxígeno y quizá también, un deseo inconsciente de querer saber el origen de esas luces que tanto lo habían cautivado.
    El tiempo parecía estar pronto a acabarse y las campanas de la muerte se dejaban oír en la lejanía del vasto ¿océano? Todavía desconocía su paradero geográfico: bien podía ser un pequeño lago a las afueras de Glasgow, con gente acampando en las cercanías (lo cual resultaría en un aumento considerable de sus posibilidades de ser rescatado por un tercero, a raíz de su evidente fracaso al tratarlo el mismo), o bien podía ser debajo de la monstruosa extensidad de un casquete polar en alguno de los dos polos, lo cual claro, reducía a cero (0) sus esperanzas de conservar la vida. No quería morir, no, aún no... había tanto que ver, tanto que sentir, tanto que saborear... La idea de ver aquellas luces con sus ojos húmedos, iba ganando peso en su cabeza, a tal punto que dejó de ser una meta inconsciente de su parte, para convertirse en la única razón de su vivir. Llámenlo curiosidad, obsesión, locura, estupidez, incluso amor si así lo quieren, pero lo cierto es que su determinación por verlas era tan profunda como las profundidades que le esperaban abajo. Entonces fue cuando se dio cuenta que no había nada que hacer donde se encontraba; quizá en otro lugar, quizá en la negrura que el fondo reserva para el ahogado que nunca aprendió a moverse en la libertad que las aguas confieren al que se atreve a jugar en ellas, libertad que amenzaba ahora con ser la causa de su inminente letargo eterno. ¡Pero que locuras! ¿Pensar qué la salida estaría en el fondo?, ¿en la tempestad del vasto y oscuro océano?, ¿en la morada oculta de Neptuno?, ¿lejos de la luz qué tanto atesoraba, qué tanto lo había embriagado en sus torrentes sanguíneos como alcohol etílico inyectado a las venas?, ¿intoxicado por la locura, era ahora un ser que había perdido la razón? ¡El fondo!, ¡el mismísimo fondo!, esperando su llegada, esperando su paso como turista extraviado en país extranjero, como idiota en madrugada, como flor en campos volcánicos, como huracanes en desiertos sin arena y sin oasis. Un idiota, eso habría pensado cualquiera que lo hubiera visto nadar cegado por una fe inquebrantable en lo que creía, la única posibilidad de encontrar esa luz que continuaba inyectándole pequeñas dosis de amor propio. Suficiente amor propio como para no rendirse en esas aguas congeladas, para no rendir sus pulmones, para no desfallecer en sus últimos momentos de vida. La azulidad desaparecía, y era testigo innato del reino carente de luces hermosas, de nostalgias, de vibras revitalizadoras. Era él y la inmensidad de la nada absoluta. No sentía más el agua chocando en la superficie de su piel, ni los calambres que sus músculos estaban sufriendo a causa del esfuerzo sobrehumano para llegar al fondo con la rapidez de un rayo; también desapareció el miedo al ahogo, miedo que sus propios pulmones juraban entre lamentos, poseer irremediablemente. Desapareció todo. El sonido, el tacto, la profundidad, la ascención, la vista, la oscuridad. No había oscuridad, nunca la hubo; esto, todo esto, era... no era nada. Cerró los ojos por primera vez desde que había despertado; estaba repentinamente, cansado de todo.

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