Xílaker era un explorador espacial. Le había apasionado la noche y sus estrellas de pequeño, por lo que le pidió a su padre una sola cosa: su primer telescopio. "Devorador de Estrellas" lo bautizaría, y haría de él en los años por venir, su compañero de aventuras inseparable.
Xílaker no poseía muchos amigos, de hecho nadie era digno de llamarse su "amigo", pero eso a él no le importaba ni le interesaba. Disfrutaba mucho, sí, de la compañía de su padre, un aficionado al firmamento galáctico, tal como él. No podría decirse en este caso "de tal palo tal astilla", en su lugar, "de tal astilla tal palo" daría una consecuencia no lógica pero sí válida. El señor Kubromer se había interesado por las estrellas al ser testigo de las emociones que éstas provocaban en su hijo. Después de comprarle el telescopio, pasarían noches inolvidables observando un cielo infinito.La madre de Xílaker había muerto en un accidente, años atrás, cuando él había cumplido apenas los 5 años. Edad suficiente para empezar a conocer el sufrimiento de un mundo cruel y obstinado, muchas veces impotente, muchas veces evitable. Aún conserva recuerdos difusos de aquel día: papelitos de colores, divertidos sombreros con forma de cono, bebidas de los sabores más dulces que él recordaba haber probado en el universo, invitados de todas las edades, gente que no conocía, ancianas pellizcándole sus ya doloridos cachetes, risas y voces a consciencia, música derretida, velas y por supuesto una gran torta cuyo sabor no recuerda porque no supo si llegó a probarla, siquiera a cortarla; el llamado agónico de su padre, o su vecino, ya no estaba seguro, lágrimas en sus ojos, un silencio atroz, una sala colorida y desolada que provocaba terror, el advenimiento de una noche larga y abrupta, gritos desgarradores, palabras malas sueltas en el aire, abrazos interminables y el apagado rostro de su madre, tan pálido como la nieve de primavera. Siempre le llamó la atención como esa palidez había sustituido todos los recuerdos anteriores a ese día. No podía acordarse de como era su madre sin el aspecto frío e inmóvil, no podía acordarse de su color, de su vida, de su risa, sin caer en interminables curvas que sólo lo arrastraban a una calamidad sin nombre. Ni una foto; por alguna razón, su padre se había deshecho de ellas, o eso pensaba él. A veces se preguntaba si alguna vez le habrían sacado una foto, y terminaba por preguntarle a su padre si tenían cámara de fotos, pero éste anticipaba y adivinaba el porque de la pregunta, y siempre terminaba cubriéndose en frías insinuaciones que nada tenían que ver con la pregunta original.
El padre de Xílaker siempre apoyó e incentivó el interés de su hijo por las estrellas. Luego vendrían los planetas, más tarde las galaxias y por último se tomaría a todo el Universo como un gran patio de juego. A Xílaker le fascinaban las nebulosas. Entre sus propias palabras para describir tan bellos conjuntos de gases y polvos cósmicos, había una frase que se había convertido en sello propio con el correr de los años: "el negro y espacioso espacio exterior es una gran muestra de arte intergaláctico, y sus mejores cuadros están pintados por autores que están por existir o están por desaparecer".
Ya de grande, no soportaba más la idea de estar al otro lado de la vidriera de tan vistosa exposición. Le llegaba a deprimir mirar una y otra vez esas estrellas que sabía nunca llegaría a sentir. Cuando todavía era un niño, soñaba ilusionado con descender en algunas de ellas, plantar una bandera con el lema "el Devorador de Estrellas la divisó primero", y luego explorar su interminable superficie. Estaba seguro que jamás se cansaría, aún cuando tenía millones y millones de estrellas para elegir y explorar, él estaba profundamente convencido que la hermosura que tan sólo una de esas estrellas le entregara, sería suficiente para él. Era todo lo que quería. Pero eso fue cuando era niño. Pasados los años, la razón le decía que las estrellas irradiaban demasiado calor como para viajar hasta una de ellas, y vivir en el proceso más de un parpadeo. No, lo que podía hacer era viajar a un planeta en una de esas tantas aventuras espaciales que su padre le había leído de chico, cuando se iba a dormir a la cama. No serían el Sol, ni inmensos cuadros de pintura difusa, pero la emoción de recorrer lugares nuevos lo sacudían eufóricamente. La Tierra guardaba poco de lo que otrora despertaba sonrisas en cualquiera. Las corporaciones y las multinacionales habían hecho de un paraíso, un pantano roñoso y nauseabundo. No en balde, Xílaker siempre buscó la belleza fuera del mundo donde vivía; éste le deprimía tanto como la muerte de su madre, y posteriormente, tanto como la resignación de no poder nunca tocar una estrella con las manos.
Continuará... un día de éstos...
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