¡Hola a todos! Esta vez vengo con cierta propuesta de la que quiero todos sean partícipes conmigo. Se trata de un viaje, no cósmico desafortunadamente, pero sí bastante placentero. Aunque yo siempre me he jactado de ser alguien que prefiere la montaña por sobre la playa, esta vez permítaseme por favor, el hacer la excepción. Y es por eso mismo que el viento tendrá mucho que ver en todo lo que mi cuerpo y mente experimentó anoche, mientras yo tranquilamente me cepillaba.
El sabor a menta en la boca viene acompañado de una frescura semejante a un soplido helado en los dientes. Evito a toda costa el contacto con la lengua y procuro terminar lo antes posible porque el sueño me llama a la cama, y yo intenciones de tardar, no poseo.
Las cuatro paredes del baño forman un pequeñísimo rectángulo que extiende su espacio limitado, hasta una ventana que da al techo de la casa. Ésta, entreabierta, deja pasar una fina corriente intensa de aire que silba exageradamente como si de una tormenta se tratara la situación que afuera, en la noche, está aconteciendo. Mi persona ha dicho con anterioridad que le fascina el frío, pues bien, hay otra cosa que a esta persona le vuelve loco: el viento. Es la fuerza de poder natural más penetrante y hermosa que podemos sentir cada vez que nos encontramos en un lugar de elevadas características, o simplemente cuando el clima se le apetece hacérnoslo probar dondequiera que estemos -a veces la insistencia es tanta, que las catástrofes naturales de tipo ventosas, se hacen sentir como el rugido de un león a punto de devorar a su presa-. Mucha gente se queja cuando el viento sopla; dicen que el cabello se les despeina, que la tierra vuela, que las cosas se les caen... Pues bien, yo tengo tres cosas que decirles: efímeros pulcros esclavos. ¡Si tan sólo disfrutaran de la presencia del viento, como disfrutan -y necesitan- de la presencia del aire! ¡Podrían abrir esos asustados ojos y sentir en carne y mente propia, el efecto extasiador que la naturaleza guarda para todo aquel dispuesto a saborear sin culpa! Hice gárgaras con el agua helada de la canilla, escupí y decidí entonces irme a dormir de una vez, pero antes de que pudiera abandonar el baño, una nueva ventisca azotó esta vez con mayor fuerza, los vidrios de la ventana superior. No pude evitar en mí un sentimiento de absoluto placer sonoro y táctil. Cerré los ojos y dejé que por un momento las corrientes de aire se apoderaran de toda la superficie de mi piel, la cual se sobrevino como gallina en un intento de apalear el reinante frío que mi carne estaba sintiendo. Habría bastado un poco para caerme prácticamente muerto dentro de esas paredes forradas con azulejos de colores, pero en vez de eso, me interné en los más profundos pensamientos que mi mente guardaba celosamente y que daba la sensación, se reservaban específicamente para acontecimientos de este calibre.
No sé con exactitud cuanto tiempo estuve ahí parado, con los ojos cerrados, completamente relajado, igual estado al de una persona que duerme. Y lo cierto es que no sé el tiempo porque yo no estaba ahí. Es decir, mi cuerpo estaba, pero mi mente no, y todos somos mente; donde reside ésta, es a lo que llamamos "transporte". Pude ver como me alejaba de mí, del baño, de mi casa, de la ciudad, del continente; como viajaba con los ojos fijos en las estrellas inmóviles, viendo de reojo como todo a mi alrededor pasaba junto a mi lado para luego perderse a lo lejos, en cuestión de segundos. Vi las nubes cayendo del cielo ¿o era yo quien me acercaba a ellas?, el sonido de un mar sereno por momentos, y guerrero por otros; el viento que jugaba con mis ropas y mis cabellos, que aunque cortos, se movían con una ligereza notable. Sentí que se me despojaba de mis zapatillas en pleno vuelo, que mis pantalones se acortaban y mi campera se transformaba en una camisa a botones bastante informal. Pensé en la inminente congelación, pero en vez de eso, un aire cálido y suave inundó la atmósfera donde me encontraba, tranquilizando todos mis sentidos a la vez que parecían dejarse llevar por las más sinceras muestras de placer que no hacían más que producirme profundos y extraños escalofríos.
De forma incierta me encontré repentinamente dentro de una cabaña hecha de bambú. Los tallos presentaban un aspecto seco y descuidado. Las ataduras que los ligaban entre ellos, eran de un material orgánico que no pude reconocer y que tampoco estudié a fondo a causa del reciente hallazgo que mis ojos me hicieron notar; la única luz que había procedía de una entrada carente de puerta. No había ventana alguna, tampoco se encontraban en ese lugar muebles o cosas que no fueran las paredes de bambú y el piso de arena removida. Me encaminé hacia lo que sería la puerta de la cabaña y me asomé débilmente para darme un mejor panorama del lugar donde estaba. Era de noche, no supe porque había confundido el resplandor de la luna llena que allí se mostraba, con la luz recalcitrante del sol. El ruido de unas olas que acariciaban suavemente la playa llegaron a mis oídos, así como el sonido mágico de una brisa que obligaba a suspirar cuando se sentía su recorrido por la piel. Las estrellas cubrían el cielo azul oscuro y la luna actuaba como farol incandescente que descubría todo lo que tratara de esconderse en la noche. Las palmeras se movían al compás del viento y la arena fina producía un efecto de movimiento incierto que jamás llegué a comprobar como cierto. No había caminado mas de diez o doce metros cuando mi paso precavidamente lento me llevó hasta el punto de contacto de las cálidas aguas con mis pies desnudos. Traté inútilmente de ver más allá del horizonte, más allá de las aguas que aunque oscuras en la noche, dejaban entrever una claridad que sería, supuse, muy apreciable en el día. Me di vuelta sobre mis pasos para observar la cabaña de donde había salido, ésta estaba ahora cubierta de hojas que parecían arrastrarla a las entrañas del paisaje tropical que residía no muy lejos de donde me encontraba. Una nueva bocanada de aire me sedujo en un sinfín de suspiros violentos, semejantes a los que contraen dos amantes apasionados en pleno encuentro vertiginoso de sus cuerpos. Cerré los ojos y sentí que flotaba. Estaba en un estado de éxtasis a nivel lo suficientemente consciente como para apreciar todos los estímulos que chocaban con mi sentir exterior e interior. Llegué a temer lo que pasaría si abría los ojos; pensaba en que caería en las más negras tempestades de mi alma, pensaba en el choque ineludible que las altitudes precipitaban, pensé en horribles figuras esperando la apertura de mis retinas, pero por sobre todas las demás cosas, sentí miedo y un gran malestar de saber que si volvía a abrir mis ojos, todo terminaría.
Ahora estaba en la cima de una montaña o monte de gran altitud, no sabría reconocer. El viento se hacía notar ahora con mayor frecuencia y poder. Pude comprobar con sumo agrado que seguía en el mismo lugar, es decir una isla, lo cual sospeché en el preciso momento que vi palmeras. Miré en las cuatro direcciones y abajo sólo había una inmensidad floral pero no faunal, ninguna división de fuegos o asentamientos de cualquier tipo. Debo admitir que me gustó mucho la idea de estar completamente solo, pero al mismo tiempo comprendí con horror la idea de soledad. Muchas veces me dije con destacable orgullo la intencionalidad de ser un ermitaño, sobre que podría soportarlo, y ahora estaba en lo que creía un paraíso perdido, pero estaba solo... o eso pensaba. Noté movimientos en la playa que calculé se encontraba a unos 300 metros de mi posición, sin embargo mis cálculos quizás no sean tan exactos dada la sensación de cercanía que confiere un lugar alto. Aun así, pude contar al menos unas siete figuras de estatura -me atreveré a decir- gigante y de aspectos cuasihumanos. Parecían estar rastreando el lugar, como si buscaran algo; evoqué como un fogonazo de asombro el recuerdo de aquellas ataduras que había visto en la cabaña de bambú y fue entonces cuando me di cuenta que su aspecto orgánico no se debía a plantas, sino a tendones de procedencia seguramente humana. El pánico me hizo presa de los delirios y suposiciones más aberrantes: me buscaban, y querían comerme. Y perdónenme la locura que acaban de leer, pero mi persona no pudo evitar asociar la situación con Robinson Crusoe y su caótico encuentro con esos come hombres, y es por ello mismo que sentí la necesidad imperiosa de salir de ese lugar, temiendo que si me quedaba, sería incluido en el menú de la noche. Una mano rocosa se posó sobre mi hombro derecho, y extrañamente no pegué el sobresalto esperado. No, en vez de eso, me di media vuelta y vi un rostro gigantescamente exuberante que parecía diabólico por la forma en que se quedaba mirándome. No tengo idea de porque empezé a sonreír grotescamente, pero ese rostro inexpresivo jamás cambió su mirada, ni un solo movimiento, ni un atisbo que dijera que tenía vida. ¡Pero eso era imposible! ¿no? Su mano había tocado mi hombro, por lo que eso estaba vivo. Y entrando en paradojas y contradicciones dicotómicas sobre lo que es vida y lo que no, sentí una punzada de dolor en mi nuca y antes que pudiera siquiera pensar en que la había provocado, me desvanecí abatido y confundido hacia el abismo. Mientras caía, creí ver a la figura haciéndome una especie de seña que no pude reconocer; antes de llegar al suelo el cielo se apagó y las tinieblas me tragaron como dos fauces abiertas.
Abrí los ojos y una luz amarilla fulminante atacó mis ojos como un cuchillo. Me acostumbré en pocos segundos a la luminosidad de aquel foco que se había ganado mi desagrado, y me reconocí inmerso de vuelta en el baño de los azulejos de colores. El viento afuera ya no soplaba, el frío y mi ropa habían vuelto, y mis ganas por reencontrarme con mi cama resurgieron enérgicamente, por lo que me dirigí sin demoras a mi pieza y me tiré estrepitosamente sobre el colchón. Volví a pensar en todo lo que había experimentado escasos momentos atrás y algo me seguía llamando especialmente la atención, el encuentro con el gigante de roca en la cima de aquel monte. Llamadas a mi puerta robaron mi total atención, y con una serie de pensamientos temorosos de por medio, la abrí.
-Hola.
-Hola.
-Sólo vine a decirte que nada de esto fue un sueño, si es que así lo creíste.
-Gracias por la aclaración.
Despedí al que parecía ser el gigante de piedra de voz grave y aspecto lúgubre mas amable del mundo y cerré la puerta. Volví a la cama y me dormí finalmente mientras me bañaba en un mar de pensamientos que incluían mi obsesivo temor de ser devorado por una tribu de caníbales y la emocionante idea de publicar todo esto en el blog.