No cualquier desición se detiene en estos puntos. Abrir una puerta no requiere nada de todo éso. Abrir la puerta de la heladera con los pies descalzos puede hacerme pensar en silencio por al menos dos segundos, para luego concluir que lo mejor sería dar un salto en el momento exacto que abra la puerta. Mediar palabra con un extraño por simple querencia a la conversación suele ser un dolor de cabeza que no termina en nada. Hacerme socio de la biblioteca de mi barrio: aproximadamente tres meses.
Toda mi vida he vivido en el mismo lugar, y jamás había reparado en la existencia de la biblioteca popular que se encuentra a escasos metros de la parada del trolebus que me lleva en los días de semana al colegio.
Quiso la amarga fatalidad de la depresión hacerme conocer una noche tan bonito lugar. Caminaba hablando solo, desvariando, haciendo un resumen de mi vida y lo poco alentadora que era ésta. Con paso errático me trasladaba de una casa a la otra, de una baldoza a la siguiente, de una calle a un cruce. La cabeza gacha unas veces, otras quedándome quieto para ver las estrellas y su halo de luz indiferente. Entonces la vi. Un lugar que dejaba entrever por su ventanal, una sala rodeada de estantes con centenares de libros. Un par de sillones viejos y una mesa terminaban por transmitir algo bastante acogedor para la vista y los sentidos. Inmediatamente supe que no se trataba de una casa particular, y mi siguiente descubrimiento hizo ratificarme por completo.
Biblioteca Popular Julio Cortázar
Rezaba con letra más simpática y acompañada del dibujo de Don Julito.
"Genial", me dije, y observé que la puerta se encontraba abierta, invitándome a pasar con suma confianza. Acto seguido, y frente a todos los pronósticos posibles, seguí camino, inexpresivo, de nuevo a mi rutina de falso pie y cabeza. Seguro que no sería la última vez que vería la biblioteca.
"Genial", me dije, y observé que la puerta se encontraba abierta, invitándome a pasar con suma confianza. Acto seguido, y frente a todos los pronósticos posibles, seguí camino, inexpresivo, de nuevo a mi rutina de falso pie y cabeza. Seguro que no sería la última vez que vería la biblioteca.
Pasaron las semanas, dos, tres, y volví a pasar por allí. De nuevo era de noche, un sábado. La miré de reojo, tratando de chusmear en su interior a través de lo que la ventana dejara ver. No detuve mi avance, no hasta 5 metros después, donde me paré en seco, pegué media vuelta y con una confianza de hierro en pos de la curiosidad y la emoción de hacer algo, encaré sin más preámbulos a esa puerta abierta. Para luego encontrarme con la terrible decepción de un pasillo que terminaba en otra puerta... completamente cerrada. Era de vidrio, por lo que una luz tenue la atravesaba, iluminando con dificultad el pequeño pasillo y con él, una especie de carta de presentación. La leí rápidamente, sólo lo necesario para caer en la cuenta que los horarios de atención eran ajenos a la hora actual. Algo de 16 a 19hs, seguido por un lunes y quizá también un martes. Fue sencillamente suficiente para dar cuenta de mi craso error de ser impulsivo, y como el canto del grillo, yo salía veloz pero con toda naturalidad, lejos de los aposentos temporales de mi vergüenza, para no volver jamás.
Durante el gran intervalo que siguió, creo haber tenido un par de sueños referidos al solitario incidente. Uno de ellos, me situaba en un pasillo azul oscuro, leyendo infinitas cartas de presentación. El otro, desgraciadamente abstracto y borroso, lo recuerdo con risas, colores, señalamientos de dedos ajenos, interminables golpes de puerta sin contestación alguna, más cartas de presentación, puertas que daban a pasillos y pasillos que daban a puertas, el sonido de la lectura empedernida, vueltas y vueltas de página, rayuelas trazadas en cabellos, en orejas, en cachetes, en espejos, en sillones, en terrazas, en árboles, en otras tantas cartas de presentación; una sensación semejante a un millón de ojos de lechuza, espectantes, todos alrededor cual ritual pagano de iniciación y los números 16 y 19 saltando de nube en nube hasta hacerlas llover.
Con el tiempo y la amarga alegría idiota, lo olvidé. Hasta hoy.
Finalmente, armado de valor (y porque me quedaba de paso), me dirigí con paso arrollador hacia la biblioteca. Si mis pies hubieran hablado, habrían dicho cosas como "abran paso, he de hacerme socio" o "¡fuera del camino! gente mundana". Lo cierto es que cuando llegué al lugar de los hechos, no presentaba la mayor de las emociones como cabría de esperarse. Estaba severamente abatido con la vida, mi vida y sus peculiaridades de trasfondo, las peculiaridades de los demás, sus diminutas canoas de cuero y sus gigantescos remos de acero super oxidable.
Estaba abierto. "Excelente", me dije. La carta de presentación, el pasillo, la puerta cerrada... "Genial", me repliqué.
"Toque el timbre de la puerta del frente para ser atendido". Lo curioso de este mensaje fue encontrar al frente del mismo, un interruptor que aparentaba ser el susodicho timbre. Por supuesto que estudié la situación en forma calma: ¿por qué molestarse en poner un cartel si el timbre es perfectamente visible? ¿Quizá su presencia se deba a evitar que la gente toque el vidrio con sus nudillos desnudos? ¿Usen el timbre, no confiamos en su capacidad para ser suaves y no rompernos la puerta en el proceso? ¿Nos gusta el sonido de nuestro timbre? Todo fue en vano, mi impulso me ganó de manos y sin meditarlo mejor, accioné orgulloso y seguro el interruptor. Una ligera sorpresa me llevé al no escuchar un ring, mucho más al notar la aparición de luz en el único foco del pasillo, coincidentemente apagado antes de mi llegada. Fue una escena triste, digna de ser pintada en un cuadro. Faltaba mi mueca de payaso infeliz y una flor muerta en el bolsillo del pantalón.
Apagué el foquito y me sentí mal por agregar el valor de dos segundos a la cuenta de luz de fin de mes. Probé suerte afuera, tal como lo indicaba el cartelito desde un puto principio, y éxito: el timbre sonaba y era música en mis oídos.
Apagué el foquito y me sentí mal por agregar el valor de dos segundos a la cuenta de luz de fin de mes. Probé suerte afuera, tal como lo indicaba el cartelito desde un puto principio, y éxito: el timbre sonaba y era música en mis oídos.
Volví a la puerta del pasillo, presuroso de estar antes que alguien se presentara. Al instante se apareció una mujer adulta pero de aspecto joven, cuidado y bonito. Venía riéndose, abrió la puerta mientras seguía riéndose, y por supuesto continuó algo jocosita al saludarme y preguntar que necesitaba. El resultado de la ecuación no podía ser más obvio: ella había visto todo el espectáculo, y lo que era peor, no era la primera vez que era testigo oculto. Por lo que yo entraba a la larga lista de la gente que prendía la luz por error. Ella no lo mencionó al verme, ni cuando nos despedimos, pero yo lo supe, lo tuve nadando por mi mente durante toda la charla informativa.
En fin, como dije, la mujer se mostró bastante receptiva conmigo y mis inocentes injerencias acerca de la biblioteca, que cabe decir, era todavía más linda y acogedora por dentro. Me habló acerca de los talleres que allí se hacían, sobre el sistema de socios, sobre la lleva de libros, sobre la radio que sabe transmitir en esas mismas dependencias. Podría decirse que estaba mucho más emocionada ella que yo. En serio, si todas las empleadas públicas fueran como esta mujer, los trámites de impuestos o civiles, serían un verdadero gusto, y no una discrepancia menstrual entre vos, pequeño ciudadano, y la gorda engreída de turno que no para de fumar y echarte el humo en la cara con suma satisfacción.
Me dio un número e indicaciones sobre que presentar para hacerse socio del lugar. También insinuó algo de integrarme (si quería) al grupo de gente que mantiene a flote la biblioteca, la cual no olvidemos, es popular y por lo tanto dependiente de la gente que se desarrolle junto a ella. Por mi parte, yo sólo quiero sacar un día de éstos, Espantapájaros, de Oliverio Girondo, y usarlo como antidepresivo. Digamos que Dolina puede ser muy gracioso de tanto en tanto, pero muchas veces me ha dejado pagando un sabor amargo en la boca y un desgarro quejumbroso en el corazón, talentoso hijo de puta.
Salí de allí embriagado en nuevos aires. Me sentía tan bien y lleno, como si hubiera comido. Con una sonrisa seguí camino a mi casa, la otra. Sin embargo, luego me puse algo tenso conmigo mismo al darme cuenta que soy igual a ese personaje de Peter Capusotto, Beto Pateta, que encuentra una exagerada emoción con las insignificancias de la vida diaria. Si llego a enamorarme de nuevo, moriré de sobredosis, definitivamente.
Salí de allí embriagado en nuevos aires. Me sentía tan bien y lleno, como si hubiera comido. Con una sonrisa seguí camino a mi casa, la otra. Sin embargo, luego me puse algo tenso conmigo mismo al darme cuenta que soy igual a ese personaje de Peter Capusotto, Beto Pateta, que encuentra una exagerada emoción con las insignificancias de la vida diaria. Si llego a enamorarme de nuevo, moriré de sobredosis, definitivamente.
"Le doy gracias a Dios por este día
sentí de nuevo la adrenalina
estar el sábado en la ferretería
comprando un flotador
comprando un flotador"
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