27 gacelas. 27 gacelas de metal se situaban competentes junto a los pozos azules.
—¿Por qué son 27 abuelo?
—No tengo tiempo para hacerme un éxamen de riñón.
—¿Qué son los pozos azules abuelo?
—Son pozos y son azules. Eso nos decían de chicos cuando preguntábamos, y fuimos felices sin saber demasiado.
—¿Vos sos feliz abuelo?
—La próstata fue una pesadilla, eso sí que puedo afirmártelo.
Ereusea contuvo su cuestionario, si su abuelo empezaba de nuevo con las historias del dedo de látex, no comería en todo el mes.
Un quinticornio hincaba alegremente a los hombres marrones. Todos allí reían aburridos de ver lo mismo que días anteriores.
—¿Morirán abuelo?
—Son cuernos de algodón, Ereusea. No pueden lastimar ni al más minúsculo insecto.
—¿Entonces por qué lloran al ser hostigados por los cuernos de algodón, abuelo?
—¿Lloran? Lloran... pues, de la alegría de ser bendecidos en su piel con el algodón del quinticornio.
—¿Pero por qué sangran abuelo?
—Nada en comparación del dedo del buen doctor Siskera.
Ereusea sintió bruscos impulsos de vomitar lo poco que había comido desde la entrada. Afortunadamente, descubrió sorprendida una muestra de animales cantores, y olvidándose de la vulnerable condición de su estómago, entre ruegos y saltos, llevó a su abuelo con ella a escuchar tan bellos cantos.
El panorama no podía ser más terrible. 3 richos y cuarto apenas se mantenían en pie. Más atrás, una pequeña familia de lo que parecían ser cardinchones, bailaba el ula-ula. Un único plumífero, todavía impune del desastre, continuaba con su canto, algo desafinado para su estatus especial.
—¿Qué ha pasado acá abuelo?
—Fue la luz de Marte que se refractó en el Sol y creo agüjeros blancos dentro de esta celda.
—Eso ya me lo suponía abuelo, yo estaba refiriéndome a un porque de la causa.
—Impermeables. O probablemente se olvidaron de cambiar el agua, los aladitos quisquillosos enfurecieron en cantos alegóricos que a su vez invocaron el poder vengativo del dios de Marte, y, bueno... más claro, echale agua. Pero no de ésta, que está toda cagada por los pájaros.
—Asombroso abuelo, una explicación digna de los mayores oradores ambientales y pro-animales.
—Siempre debemos cambiar el agua, Ereusea. Te lo recuerdo todas las noches antes de dormir tapada de nubes. Algún día se levantarán contra nosotros, y el dedo ensangrentado del doctor Siskera, parecerá un juego de niños al lado del poder de la revolución huevífera.
Ereusea que en esos momentos se deleitaba con un chocolate derretido por acción del Sol, no pudo más y descargó un vómito de mil colores podridos directo en la cara del único pájaro cantor que aún quedaba en pie.
Al ver el estado de desconcierto que proliferaba en el ave, Ereusea pidió disculpas, se volvió a su abuelo y generalmente lo señaló como responsable de todo, incluso responsable de fechorías pasadas que nada tenían que ver. Es que hay que comprender que la joven Ereusea, no sólo descargó comidas embadurnadas en salsas artesanales, sino también de paso, todo lo que sentía respecto a su abuelo.
Éste, entre carcajadas, profirió una especie de defensa.
—¿Y qué culpa tengo yo qué el pájaro cante para la mierda?
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