domingo, 7 de octubre de 2012

La vida tiene botones, botones tiene la vida - Parte III

   Por fuera no parecía más que un galpón añejo y abandonado desde hacía mucho tiempo, pero cuando salió del laberinto de puertas al que se había introducido al abrírsele la entrada, se encontró con una moderna instalación reluciente. Vio toda clase de objetos mecánicos, mesas de trabajo llenas de grasa de motores, otras saturadas de tubos de ensayo con diversos líquidos de colores. Un armario mal cerrado dejaba entrever una muestra de raros instrumentos y herramientas desconocidas. Algunas tenían el tamaño de una simple mano, otras eran tan grandes como una pierna humana. Los pisos y las paredes eran de azulejos blancos, y la iluminación no dejaba ni una sombra a la vista. Era una vasta habitación de la cual, supuso, se abrían distintas bifurcaciones debido a la gran cantidad de puertas que se veían. Por momentos pensó que había dejado atrás un mundo azotado por el caos y la tempestad, y se había internado en uno totalmente desconocido.
   —Soy Limd Mehel. Encantado. —Como si continuara el breve intercambio de palabras en la puerta, un hombre detrás suyo le extendía la mano alegremente—. Venga, venga. Tenemos que prepararlo para el viaje. Recibí estrictas indicaciones de su padre al respecto.
   Casi por inercia, Xílaker no dudó en seguir al extraño personaje de guardapolvo blanco. Tenía pinta de típico científico loco, aunque mucho más amable y humano de lo esperado. Durante el breve recorrido comprendió que este lugar operaba discretamente, y la pantalla de lugarejo abandonado era perfecta para esconder los secretos que adentro existían. Sin embargo, desconocía el motivo de tal secretismo.
   —Llegamos —en tono orgulloso y despreocupado.
   Xílaker no podía creer a sus ojos lo que veía. Una de esas tantas naves espaciales que surcaban los cielos de noche y se perdían a altitudes que superaban el reino de las nubes. Siempre había soñado con pilotar una de ellas y viajar más allá del alcance de los más poderosos telescopios. Allá donde nadie ha ido, donde nadie ha visto. Perderse y ser confundido con una estrella más. Noches enteras, imaginando, durmiendo con los ojos abiertos, enfocados en un cielo que se caía sobre él. Solo, algunas veces acompañado por su padre, le había confesado todas sus añoranzas. Ahora lo entendía un poco mejor.
   —La Seathed X-789b es una nave experimental, dotada de gran cantidad de utilidades básicas y especializadas para el vuelo y la exploración espacial. Posee un aprovisionamiento que puede durar por años  independientemente de un abastecimiento génerico. Gran cantidad de trajes adecuados al medio en el que se trabaje; ya sea gravedad cero, temperaturas de más de -300º, de más de 100º, etcétera... —con un tono levemente cansado— mejor dejo que la I.A a bordo te cuente mejor sobre, bueno, todo, jeje.
   —¿La I.A?
   —Ajam. Tu nueva compañera. Ya tendrán tiempo de conocerse mejor. Por el momento, quiero decirte que sí, tengo conocimiento de tu inhabilidad para con el vuelo espacial. No te preocupes. El piloto automático y la I.A cuidarán de vos y de la nave en todo momento. Y por favor, no cometas la fatalidad de pensar que la I.A y la nave son lo mismo. Eso es un error y un engaño del cual la I.A querrá hacerte creer. Además de insistir en que se llama Michelle; jeje, nombre má' raro.
   —¿Está chiflada?
   —¡Bienvenido al maravilloso mundo de la Inteligencia Artificial!
   —¿Quién sos vos? —cambiando abruptamente de tema, sin reparar en lo poco educado que eso había sonado.
   —Limd Mehel —contestó en un tono entre cínico y extrañado.
   —No. Me refiero a de donde conocés a mi padre.
   —Tu padre y yo nos conocemos desde antes que el mundo fuera el mundo. Es todo lo que necesitás saber de mí con él.
   "Desde antes que el mundo fuera el mundo". Xílaker pensó que a la gente le gustaba contrariarse para parecer misteriosa, pero en este caso, no podía evitar esperar otra cosa del tal Limd Mehel. Quizá lo que acababa de decir si tenía sentido después de todo. Lo que pasaba en realidad, es que no ostentaba en esos momentos de los recursos para encontrarlo.
   —Que preciosura de nave, por cierto. Sólo falta ponerle un nombre de verdad.




Continuará el día que mis cantos vuelen...

No hay comentarios:

Publicar un comentario